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LOS TERCIOS DE FLANDES Ejos de nosotros el pensamiento de relatar ni someramente siquiera los infinitos episodios y memorables encuentros de aquellas Celebérrimas campañas de Flandes, iniciadas contra los pro testantes holandeses por el severísimo Felipe II, del cual y fué brazo al frente del ejército el duque de Alba, y termi- I nadas bajo Felipe IV con el tratado de Weatfalia, que reI conoció la independencia á los Países Bajos. Como e! primer hecho culminante de aquella campaña puede considerarse la ejecución pública de los nobles protestantes condes de Horn y Egmont; como última vittoria para las armas españolas, la rendición de la plaza de Breda, conseguida por Spínola é inmortalizada por Velázquez en su famoso cuadro vulgarmente llamado de Xas lanzas. No se traía aquí de resumir varias páginas de nuestra historia, sino de rendir en este número un homenaje de justa admiración á los famosos tercios españoles, que no sólo demostraron en aquella época un valor y una resistencia que se han hecho legendarios, sino que en la historia de la Infantería, como arma de combate, marcan uoa época gloriosa, amá 8 alcanzada ni emulada luego por ejército alguno, una verdadera revolución en el arte dé guerrear, ya que los arcabuceros de nuestros tercios acabaron con el temido poder de la caballería (tal como ésta era considerada en los siglos XIV y XV) y vencieron también á la infantería suiza, considerada hasta entonces como omnímoda señora de los campos de batalla. Kspafia antes que ningún otro país supo ofrecer á lá faz del mundo los primeros destellos del renacimiento militar. Quien desee conocer de qué modo se aplicaron en el siglo XVI los buenos principios del arte de Ja guerra y se utilizaron acertadamente los elementos que constituyen un ejército, no tiene inás que analizar las brillantes operaciones con qne Gonztlo de Córdova dio á su rey territorios envidiados y á su nombre fama inmortal. Allí, en Italia, se pusieron por- obra admirables planes estratégicos y magníficas concepciones tácticas; allí lucieron con fulíor espléndido ias cualidades notabilísimas del soldado español; allí sobresalieron capitanes invencibles, maestros en el arte de la guerra. Y dado ya este impulso vigoroso, no se detienen en punto á progresos. La Infantería recobra todo su legítimo ascendiente en la gran epopeya del siglo XVI, donde se destacan siempre admirables los famosos tercios españole? Bajo el mando de generales ilustres como Pescara, Leiva, Colonna, el duque de Alba y Alejandro Fariiesio, el arte de la guerra se encumbra cada vez más, y á sus constantes y sabias aplicaciones debe nuestra patria el puesto que entonces ocupó en el mundo. Aquel jieríodo célebre contiene fecundísimo manantial de enseñanza militar, señalando en lii historia de la guerra una de las épocas más progresivas y gloriosas. Organización adecuada á los preceptos del arte y al empleo de las armas usadas entonces; perfecta distribución de las tropas de diversas armas y enlace apropiado de unas y otras en el combate; observancia de una estrecha dieciplma; concepciones hermosas para guiar las tropas en los teatros de operaciones; vigor, audacia y resolución para ejecutarlas; todo se encuentra en la memorable centuria decimosexta, en que también florece el poderío naval de España, conducido á su mayor altura por D. Juan de Austria y por el marqués de Santa Cruz. De nuestros excelsos caudillos son discípulos Enrique IV de Francia y Mauricio de Nassau, á quien escritores poco doctos ó sobrado parciales titulan regenerador del arte de la guerra. Nada más interesante, heroico y glorioso que el cúmulo de hazañas realizado p! T los viejos tercios llevados á Flandes por el duque de Alba. En aquel teatro de gueira tan característico para la defensiva, en aquel suelo cenagoso robado laboriosameníe al mar, bajo un cielo plomizo, húmedo y helado, oyendo lenguas de áspero sonido en CAPITÁN-