Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
LA INFANTERÍA EN CUBA UN B A T A L L Ó K S A L I E N D O DK LA Ü A B A X A E n estos aíios pasados de dichosa y fructífera paz para España; dicliosa, porque colectivamente llegamos á olvidar lo que eran lágrimas; fructífera, porque aquella nación esquilmada, arruinada 3- empobrecida por nuestras contiendas civiles iba ganando á paso redoblado el terreno perdido, y ya formaba casi en la primera fila de las naciones pujantes, animosas y civilizadas en esos felices años durante los cuales jamás oímos el estruendo de los cañones sino en días de fiesta nacional, y no escuchamos el estrépito de la fusilería más que en las descargas de honor, mirábamos con mucho cariño, eso sí, pero con cierta punible desconfianza aquellos soldados menudos, imberbes, casi niños, qne desfilaban en la revista militar ó se desplegaban en los simulacros al toque de las cornetas. -Desengáñese usted, decían invariablemente los viejos, estos chicos no podrían con una campaña, ¿qué digo con una campaña? no aguantarían siquiera por un par de m ¡ñutos el peso del morrión y de las cartucheras que llevaba cualquier soldado en la primera guerra civil. Esto pasaba por verdad inconcusa, y todos bendecíamos la ventura de estar colocados en tan afortunada posición geográfica que nos permitiría asistir como espectadores, ni envidiados ni envidiosos, á la probable, casi segura, conflagración europea entre la Triple y la Duple Alianza. Cuatro bandidos dieron en Baire, pronto h a r á dos años, el primer grito insurreccional de la presente guerra; salie ron para Cuba un par de batallones, y nadie pensó en el día siguiente. Pero detrás de aquéllos fueron otros, y otros más tarde; menudearon las expediciones, se hicieron cada vez más numerosas, y como todo ello se hacía con facilidad suma, sin tropiezos ni obstáculos de ninguna clase, nadie dimos al hecho la importancia que otros pueblos y otros ejércitos fueron los primeros en señalar; sólo al ver en Cuba u n ejército de 200.000 hombres es cuando comprendimos lo que España había logrado; nos percatamos de nuestro esfuerzo, no por el dolor que dejara en nuestra musculatura, sino por la altura que alcanzó el formidable peso levantado. Y entonces, es decir, ahora es cuando también empezamos á comprender que esos S (jldaditos menudos, imberbes, los que con frecuencia veíamos desfilar hacia los trenes en traje bien poco marcial, sin armas en la mano la mayor