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crisis políticap, únicas que aquí nos gustan y divierten. Me refiero á la íorisis hospitalaria agravada este año por la infinidad de enfermos variolosos repartidos por ahí á la buena de Dios. Es el caso que los calandrias, especie de enfermos de ocasión que tiran del invierno cambiando de hospitales como otros tiran de la vida cambiando á menudo de casa de huéspedes, llegan á producir un conflicto en los asilos de Beneficencia, porque ocupan todos los lechos y más que hubiera, con perjuicio de enfermos más necesitados de la asistencia facultativa. Pero tampoco es cosa de dejar en medio de la calle á los que no teniendo otro mal que la falta de abrigo y de alimento, perecerían irremisiblemente á no ejercer sus derechos de calandrias. Y este es el problema. Gravísimo en verdad, porque como de camas se trata, es de esperar que no acudan á resolverlo más que los talentos de punta de colchón. Hace falta un hospital grande, inmenso, digna antesala de la gran Necrópolis del Este. Y claro es que tamaña empresa no es para acometida por el Municipio ni por la provincia, sino por el Estado. Acoja la idea el ministro de Hacienda, empiece á desarrollarla, y encomiéndela luego á sus sucesores. Ellos son los que deben fundar ese Santo Hospital, imitando en todo el ejemplo que hizo famoso á D. Juan de Robres. Mal afio para los teatros de todas clases. Mal año para toda suerte de empresas. Ni las empresas que tienen á sa cargo los teatros de esta corte, ni las empresas en que andan empeñados nuestros generales de allende los mares, medran y se desarrollan cuanto era de esperar. Lo mismo al teatro de la guerra que á los coliseos de esta corte, lea vuelve el éxito las espaldas. Cuanto más cacareado es un estreno, cuanto más aparato y lujo de accesorios y personal entran en juego, mayor y más inevitable es el fracaso. Allá se las entiendan Marte y Talía, Belona y Melpómene, para explicarnos lo inexplicable. Sin duda el invierno no es estación á propósito para glorias, y acaso tenga en esas calamidades parte principal el viento del Guadarrama: aire sutil, que mata una obra y no apaga un candil ¡Quiera Dios enviar mejores vientos, lo mismo para las comedias de acá que paralas tragedias de allende los mares! Por hoy, es cada paso un tropiezo y cada noche un susto. ¿Qué es eso? decimos escuchando pitos á deshora. SerenoI ¿Dónde es el incendio? -No es incendio, señor; es un estreno en el teatro de aHí enfrente. -I Vaya I exclamamos cerrando el balcón y pensando en el fuego todavía. Menos mal si estaban asegurados los autores I tAl cabo de los años mil, vuelven las aguas por do solían ir dice un viejo refrán, al que los concejales madrileños acaban de ganar el record con la friolera de 999 años de ventaja. Porque no al cabo de mil, sino al cabo de un afio escaso han vuelto las cosas y personas del Municipio al ser y estado en que se encontraban antes de que el pueblo de Madrid, acaudillado por el marqués de Oabrifiana, hiciera la memorable manifestación del pasado Diciembre. Todo ello ha terminado en una sobreasada, digo, en un sobreseimiento. Y los bienaventurados ediles que padecieron persecución por la justicia vuelven al palacio municipal, de donde se aleja con todas sns macetas y tiestos el buen conde de Montarco, cuya vara de alcalde, como no ha podido echar raíces, tampoco ha criado brotes, capullos ni flores. ¿Quién será el nuevo alcalde? No se sabe todavía; pidamos al cielo que además de alcalde sea corregidor, como los del antiguo régimen. En cuanto al conde dimisionario, ha hecho bien en dejar su puesto, llevando consigo toda su delicada impedimenta de jardinería. Esas delicadezas de estufa corren peligro en las sesiones. Ni ¿para qué macetas en el Municipio? La mayoría de los concejales han de seguir como hasta aquí: explicándose fuera del iesto. LUIS ROYO VILLANOVA DIBUJOS DK CILLA