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tal manera, que allá en el fondo de lin átitro de plumas, edredones y almohadas asomaba la carita demacrada del infeliz niño, á quien apenas qnedaba n n soplo e vida y nna apariencia de cuerpo. J u n t o al lecho estaba una gran mesa de mármol, sobre la cual había abortado la botica sus más alambicadas esencias, contenidas en tarros altos y flacos, bajos y rechonchos, cuadrados, redondos, puntiagudos, romos Parecía aquello la miniatnra de una hermosa ciudad de cristal, donde resaltaban entre las enanas y ordinarias casas, que eran tarritos menudos, gigantes minaretes, monolitos, catedrales, torres y campanarios, representados por botellas y botellones de mayor calibre, vasos, tazas, platos, lamparillas, candilejas, y un sin fin de chirimbolos con los más amenazadores perfumes. Sobre la mesa de noche iiabía nutrido repuesto de cucharas menudas y jicarillas, amén de u n gran reloj que la madre consultaba atentamente, porque cada cinco minutos le decía: Ahora la quinina; ahora la cafeína; ahora la antipirina; ahora el bromuro de potasio, y el de sodio, y el de amoniaco etc. etc. La boquita del niño era un buzón de la farmacia; su estómago, u n a retorta; sus tripas, alambiques. La señora marquesa tenía el corazón sobresaltado, pei o la conciencia tranquila, atendiendo á que aquella enfermedad no pi- ocedía de ningún linaje de imprudencia, porque el niño nunca había salido de casa sin permiso del termo- metro, que se lo daba al oscilar entre los quince y los veinte grados. Ni el viento le había azotado el rostro, ni el sol dado en la cabeza, ni la lluvia mojado, ni el relente ni la escarcha entumecido; usaba en el invierno chaleco de gamuza y traje de franela, y los braseros, las estufas y las chimeneas le daban constantemente sus templados alientos, para que el menor cambio atmosférico no marchitase la delicada flor de su existencia. Al pobre le habían hecho creer que el viento era el resuello de la muerte, veneno sutil suspendido en el aire y que iba cruzando soplado por un demonio p a r a inficionar con él los pulmones de los niños atrevidos. Por eso, cuando la criatura notaba que algún criado imprudente abría balcón ó ventana, comenzaba á dar voces con su vocecita de tiple infantil, diciendo: ¡Cierra, que hay corriente! Tú quieres m a t a r al niño. ¡Salvaje, beduino, m a m á va á despedirte! Con efecto; cuando la marquesa conocía la grave falta, despedía al criado y colmaba de caricias al pequeño. Por lo tanto, la señora estaba tranquila; aquella enfermedad se la había dado Dios á su hijito, Dios solamente, porque ella le iiabía defendido con todo esmero, precaución y acierto. Bajó aquel día, en que el niño estaba tan grave, la Hermenegilda por la escalera, y al charlar con sus criados, que nrarmui an hasta de lo que sisan, y conocer por ellos lo que en casa de la marquesa ocurría, exclamó con desparpajo: -A faerza de potingues y de cnidao va á matar esa mujer al niño. Así está él de canijo y enclenque. Ciertas mujeres no debieran tener hijos, porque los r e c r i a n d o el camposanto. El mío también está malucho, pero yo no hago caso. Le he hecho esta mañana un gran puchero de sopas de ajo y le he puesto un clavo atao con una cinta á la garganta p (i que se le quite la tos, y estoy segura de que en cuanto que güelva del río me lo encuentro como si ná. 1- iieron los criados y celebraron eldesenfadi ella con el saco de la ropa y salió de la casa c: Al regresar la lavandera vio con asombro q de la marquesa estaba abierta de par en par, lado para otro presurosos y sin tomar precauc- ¿Qué pasa? preguntó. -Que ha muerto el niño, le respondieron. ¡Claro! dijo ella; eso ya me lo figuraba. La estará llorando la muy JM que haría yo era darle una t u n d a de azotes. listas y otras cosas iba diciendo la Hermenegilda mientras hacía retemblar la escalera apoyando en sus peldaños sus toscos zapatos. Llegó á su cuartucho, abrió la puerta, entró y llamó inmediatamente á su pequeño, pero nadie respondió á sus voces. E n la miserable alcoba vio que el niño estaba tendido en el suelo boca abajo; con la mano derecha oprimía el asa de un jarro de barro que estaba hecho pedazos, y con la izquierda estrujaba fuertemente uno de los pingajos que colgaban del lecho. -Levántate, dijo ella golpeándole con el í pie; pero la criatura n o s e movió. Alarmada ya Hermenegilda, le levantó del suelo, le colmó de besos, le acostó en la cama, y al sentir bajo sus manos la impresión fría de aquella amada carne, exclamó llena de angustia: ¡También, éste también muertol Las imprecaciones y los ayes de la Hermenegilda atronaban el sotabanco: iba pidiendo socori o y dando gritos de una habitación á otra, mientras se arañaba el rostro y se mesaba los revueltos cabellos que por la espalda le caían. Cuando la marquesa conoció la causa de aquel alboroto, dijo: -Comprendo su dolor; pero ella se tiene la culpa. La falta de cuidados y el abandono h a n hecho que esa criatura pierda la vida. Su madre le ha matado. Las dos decían lo mismo, y las dos tenían razón. lÍAFAEi, TOKROMÉ af: í DIBD. 70 S D MÉNDEZ BRINfíA K