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LOS DOS EXTREMOS E n una suntuosa casa que tenía sus puntas y ribetes de palacio vivían, en el piso principal una marquesa, y en el sotabanco, m á s vecina de l a l u a a que de la tierra, una pobre lavandera de las que van al Manzanares á enmanzanar la ropa, que es lo mismo que hacer simulacros de limpieza y conatos d. e lavado con ella. Las dos eran viudas, y madre cada una de un niño de dos años: el de la marquesa era una flor de estufa, criado entre cristales, ahito de caricias, podrido de mimos y regalos, el de la lavandera una flor silvestre batida por los elementos y abandonada á la fatalidad de su destino. Sucedió, pues, que ambos niños enfermaron. La marquesa mandó entrapar los timbres para que sus sonidos no excitasen los nervios del angelito enfermo; los criados iban sin cesar de un lado para otro, hacien l 4 do emplastos, manipulando medicinas, transportando cachivaches como lazarillos de los galenos y satélites de la botica; pisaban á medio pie, hablaban á media voz y tosían de tapadillo. Las puertas estaban cerradas, los balcones entornados. Ni el aire, ni la luz, ni el ruido podían malograr al niño moribundo. E n una habitación cuatro médi Péleida 3 f H- JsJfW y instante debajo del brazo del niño, exclamando angustiada: ¡Treinta y nueve grados! ¡Cuarenta con siete décimas! TJn termómetro en poder de una madre histérica es á veces más temible que un puñal manejado por un asesino. Las armas de la ciencia son de fuego, y debe esgrirnirlas quien sepa hacerlo. U n telescopio en manos de un astrónomo andaluz es susceptible de distinguir los ratones de la luna, y u n termómetro en manos de una madre es capaz de contar más grados que hay en el ejército. Volviendo al cuento, digo que la infeliz criatura estaba hundida más que acostada en limpio y mullido lecho, de Hi