Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
El estudiante miró á su compañero, y sin saber lo que Sé proponía con su pregunta, replicó; -I Ya lo creo I- -Pues voy á proporcionarte la manera de oir todas las noches la ópera, si tú quieres. E l corazón se le disparó al galope al estudiante, y en el acto pensó que la entrada en el teatro significaba la presencia de la niña, el poder verla á sus anchas tres horas. Balbuceó, pues, dos palabras de gracias y estrechó á pu amigo la mano, mientras el rubio del último banco le decía: -Yo Foy el jefe de la claque, y desde ahora mismo te ofrezco una plaza de alabardero. Ahí tienes el billete. Lo que siento es no haber sabido antes tus gustos filarmónicos. lE ¡Qué bien se distinguía desde allí su palco I ¡Y considei ar que en lo sucesivo no dejaría de verla ni un t u r n o! Si el rubio del último banco hubiera podido saber el verdadero motivo de sus líricos entut iagmosl ¿Pero cómo iba á imaginarse que él, u n pelagatos, un estudiante de Derecho bastante torcido, sin un real, estaba enamorado de una presunta marquesa millonaria? Su presencia en la platea era como una aparición, como una salida de aurora. A las nueve surgía envuelta entre gasas, con el pelo, empolvado: una viejecilla de dieciséis años. Desde su asiento del paraíso distinguía su cabeza blanca sobre el alto cuello de su capa forrada de armiño. Se quitaba el abrigo, y el hada anciana se convertía, como en las comedias de, magia, en una primavera. Qné envidia á los gemelos, á los guantes, al abanico, al antepecho, al sillón, á cuantos objetos iban á ser suyos durante unas horas! A las dos noches era el favorito del rubio del último banco por su manera de batir las palmas. ¡Como que aplaudía por necesidad de su alma, por dar suelta á la emoción que le ahogaba, metiendo ruido! ¡TomaI A él lo mismo le daba el tenor, que la tiple, que el último corista. No tenía oídos durante las dos noches de adoración, sino ojos solamente. Pronto la interesante aristócrata advirtió aquel espionaje de las alturas, entre el Eufrates y el Tigris. Una vez le sorprendió devoriindola con los gemelos; volvió á descubrir los insistentes anteojos fijos en ella, y concluyó por enderezar los suyos hacia los investigadores de arriba. Hubo- desde entonces una lucha de lentes, y la niña llegaba al palco, miraba al paraíso y se sonreía. ¡Si supiera que yo soy el de las rosas! pensaba el escolar. Continuaba gastán dose en las flores cnanto podía de la mensualidad que le m a n d a b a n de la provincia, empeñando los libros, privándose hasta de fumar, para que no faltara á la dulce deidad el nocturno y poético tributo. U n a noche se le antojó encontrar á Psiquis pensativa y triste. No cabía duda. Le miró, le miró mucho, y apenas atendió á la escena. ¿Le amaba? ¿Había adivinado que era el de las rosas? Se estremeció de dicha. Hizo entonces una prueba: cambió de sitio, y con efecto, la marquesita le buscó con los gemelos hasta encontrarle. ¡Ah, le quería, sil Tuvo entonces una originalidad. A una mujer tan alta, tan linda, t a n aristocrática, no se la podía hacer una declaración de mancebo de perfumería. Escribió, p u e s en una tarjeta: cAdoro á usted. ¿Ha adivinado usted que el que la obsequia con una flor antes de entrar en él teatro es el mismo del paraíso? Si en su corazón de usted hay algo que late por mí, coloqúese esta noche en el pecho el ca. pullo. -El de los gemelos. i Y prendiendo el tallo en el carf ípííii a 9 t MJWMi fgS toncito con un alfiler, lo echó en el coche. HI Los minutos se le figuraron aquella noche siglos desde que dejó la rosa en el lando, y trepó á sus ce lestiales alturas. Cuando puesto de pie en su sitio flechó los gemelos, aún se hallaba vacío el palco de enfrente. La representación había comenzado y la tiple cantaba su aria de entrada, una romanza lenta y dulcísima que abajo en la orquesta acompañaban á la sordina violoncellos y violines. No se oía en la sala el rumor más leve. El público era un solo oído. De pronto, asomándose á la baranda con su alada silueta, apareció en el palco la marque sita. El estudiante se la comió con los gemelos. E n el lado izquierdo del pecho, sobre una ola de gasa, descansaba el soñado capullo. La niña se sonrió, y á su vez clavó sus anteojos en el paraíso. La cosa fué horrible. De improviso, al atacar una nota dificilísima la tiple, cuando el silencio era absoluto, estalló en la sala un aplauso extemporáneo y frenético. Todo el ninndo miró hacia el sitio donde brotaba, mientras las palmas seguían batiendo, y allá a n i b a surgió el bueno del estudíame chocando las manos como un loco. Alzóse un unánime coro de protesta, entró el acomodador, y con ayuda de los guardias lleváronse fuera al imprudente, diciendo al paso á los dilettanti: Es un loco mientras él gritaba forcejeando: Me da la gana I ¡Yo aplaudo á la rosal Ai. FON- so P É R E Z NIEVA DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA