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No respondió el interpelado, qne por lo visto no ova corto dü lengua. La chiciiela mleidras, abrumada por el caiisancio, comenzaba á dormirse otra vez. Kl gnardia volvió al nenlijniento del deber y con la desconfianza hija do sus lai- gos servicios, en contacto con todas las trapacerías de la calle, exclamó tocándola en un brazo: ¡Te he dichn que aquí nun se duerme! Cunque alevántate, ú te llevu á que cuentes todus esus embustes al inspetov. La rapacilla, atemorizada por las palabras del guardia, abrió los ojos y replicó con viveza: ¡Xo son embustes, no, señor! lluego intentó ponerse en pie, y se cayó falta de tuerzas sobre el escalón, murmurando con las lágrimas en los ojos: ¡No puedo! ¡Ya lo ve usted! ¡DéÍÍV jeme usted aquí! r? fi No hizo caso el guardia del llanto; t fjf, la cogió bruscamejite de una mano, y exclamó, obligándola á levantarse: -i Esu es lo qne tú quisieras! ¡l eif ti i pitu que todu es cumedia! ¡A la prevención ahora misnuí! ¡Y callandu! Resultó tan seco el acento de aquel hombre, que la chiquilla no se atre- vio á replicar, y el mismo miedo la dio un úhi mo aliento para moverse y seguir al vigilante, cUciéndole entre nn tropel de lágrimas: V V ¡Déjeme usted, por Diosl ¡Suélteme, y me iré en seguida! No fueron oídas sus BÚ ilicas, y en cinco mi ñutos llegaron á la delegación. Los escribientes y guardias de cuarto dormitaban por los rinco nes, velando sólo el cenlinela, que recorría la estancia, mal por un sucio quinqué, á gi andes pasos. Su silueta, yendo y vinier. lo como rma sombra, concluyó de csp: intar á la pobre criatura. El guardia subió con su niña á remolque, y sin que se interrumpiera un ronquid i entró en la liabitacií m, atravesó dos más, y llegando á una tercera, que era un despacho, extendió dos mantas sobre una bancpieta de gutapercha, y dijo ai cabo á la muchacha con brusca ternura: ¿Creíste que te iba á ahorcar, endernuniada? Pues sabe que trájete aquí pui- que en la plaza, ailemás de helarte, te había deteniítu otru guardia por vagamunda. Y da gracias á que trupezaste connngu, librándute ile que te zampen en el calabozu con lus golfus. ¡Cunque, á durmir bien! Ija nitla comprendió en el acto el propósito tiernísimo de aquella fiera, tranquilizóse de repente 5 obedeció sonriente (le placer, quedándose á poco profundamente dormida, mientras debajo de los mostachos terribles se murmuraba, echando la mano compasiva de su dueño un capote sobre la rapaza: ¡Ha que ser tm pocu tulerante, siempre que nun sea en desprestigiu del cargu! xij. foNso PlíRlíZ Nrp: VA ii! i; jos m AUtlíKTI