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LA VAGABUNDA Se la encontró la pareja hecha un ovillo al pie de uno de los reyes de granito de la plaza de Oriente. Un guardia extrañó aquel montón de andrajos, y acercándose vio que los pingos eran ni más ni menos que una chicnela sentada en el escalón disponiéndose á dormir con la cabeza apoyada en el pedestal de la estatua, como si bajo su cuerpecillo sintiera la más blanda lana de colchón y en aquella gran alcoba al aire libre no penetraran los otoñales cierzos detenidos por cristales y tapices. 1 Y cuidado que la chicuela era linda! A través de la roña, de la corteza broquelada por el sol, el polvo y las intemperies, se vislumbraba una regordetilla carita blanca de ángel de retablo, reveladora de aires más puros, de la atmósfera saludable que defiende de la miseria. Podría tener doce años, y lo que más chocó al guardia fué el aire cansino de la pobre criatura. Ja fatiga que trascendía de su persona entera. Su actitud revelaba la sorpresa brusca del sueño, el reposo desplomándose de improviso sobre la cabeza. Debió de sentarse en la basa I. I í i- j. y dormirse en seguida. Un hatillo de ropa que llevaba consigo, habíasele caído al suelo sin que lo notara. Su pelo despeinado y sus zapatones tenían encima dos dedos de polvo, acusaban una larga caminata por entre las tolvaneras de los caminos. Aquella chiquilla venía de viaje, y sólo el aniquilamiento de las fuerzas pudo acostarla en el escalón, vecino el invierno y soplando de la sierra los primeros vientos fríos. El guardia la contempló un instante. Allí había un caso comprendido en las instrucciones de su obligación. Se acercó, pues, á la chica y la dijo, sacudiéndola para que despertara: E h! ¡Arribai ¡Aquí n u n se premite dormir I El vigilante dulcificó su voz cuanto pudo; pero por mucha cantidad de dulztira que quiso traer á su acento, impúsose el gesto autoritario, de vinagre, anejo al mando, y su advertencia salió como u n rugido de bajo unos bigotes cerdosos y aterradores, mostachos de hombre fiera. Hablaba por él la prevención; se expresaba en guardia La niña abrió los ojos, y estremeciéndose de frío y de espanto ante la hosca figura, exclamó con una vocecita cansada: ¿Por qué, señor? -1 Purque las plazas nun hiciéronse para esas i La r Z SS í S l á f l V funciones, n u n son alcobas! Y a pudía la tu l j s c S Wf jí madre tener más cuidiao contigo! La chicuela movió la cabeza y replicó con sencillez: No tengo madre, señorl -ís. a í i i mm a -iPues tu padre! Jjtm l l -iTampoco le tengo! jS BUli. ¡Eecontral Alguien tendrás en el mundo. -Nadie. a ¡vl El guardia se quedó mirando á su compañero, que no está averiguado aiín si oía ó dormitaba de pie. Luego se tiró de las feroces puntas del mostacho, un día bélicas guías abrasadas por un fogonazo en la campaña del (iO en África, y tomándola de nuevo con la muchacha, siguió: ¿Conque no tiés padres? ¡No, FCñor; no los he tenido nunca! ¡Jesiis, qué barbaridad! ¿Entonces naciste sola, como lus bichus del vinagre? Vamos á ver; ¿tú te confiesas ya? ¡Pues no! repuso la niña con extrañeza. ¿Usted se figura que soy alguna judía? -Pus como si estuvJás ante el cura, vas á contestarme á lo que te j regunte. ¿De dónde vienes tan cansa? -Del Escorial. andando? ¡Claro! El tren cuesta dinero, y yo no tengo un perro. ¿Y cuánto tiempu echaste? ¡Tres días! Yo creí iue estaba más cerca. ¡Como desde allí se ve muy bien el palacio de la Eeina! Debo de tener los pies hechos una lástima, porque me duelen mucho. ¿Y qué h a d a s tú en El Escorial? -Me tenía recogida de caridad una mujer que se ha muerto. Yo quise entrar de criada, pero en todas partes me daban con la puerta en las hocicos porque era muy pequeña. Entonces, como no dependo de nadie, tomé el tole para acá. ¿Pero creístete que ibas á crecer por el camino? El guardia se quitó la teresiana para rascarse, y su compañero, que ya oía, aprovechó la ocasión para decir admirado: ¡Qué magm ficu fiscal haces I