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A OCHO DÍAS VISTA El couíUcto del agua. -Hlel vinagi- e. -El azúcar ministerial. Anlc- i de la botadura. -El cuento de las buenas pipas. -SI hombre que liaoe falta. -ISrl Cuba. -fiasla do lióroes. En Kilipluas. Los d s amos del cotarro. -La racha de ahora. -Kestituclones al Te. -or Medios para fomentarlas. -La cuenta de lo, s franceses. -Algo sobre la exportación de las corridas ele tonis. F; 1 conflicto del agua continiia en pie. Bien pronto la patria, y en su representación Madrid cdniu centro y corazón de ella, no encontrará para calmar su sed abrasadora sino la inmensa esponja chorreando hiél y vinagre, que va siendo hace meses nuestro desayuno al tomar los periódicos de la mañana, y nuestra cena al hojear los diarios de la noche El azúcar molido con que el optimismo ministerial, incaueahle en su tarea de moler y más moler, pretende endulzar las nove dades de nuestra marina y de nuestras guerras en Filipinas y en Cuba, no hace más que aumentar la repugnancia de la póci ma, pues por mucho que sea el azúcar oficioso recolectado en la zafra ministerial, siempre mana en caudal más considerable el vinagre de nuestros desaciertos y la hiél de nuestras desdichas. ¿Se salvará el crucero? preguntamos todos. -Sí; contesta la gente que lo entiende, y que en los asuiituH de Marina nunca llega á. perder la esperanza. Por algo la Esperanza tiene un atributo tan marino como el áncora. ¿Conque dicen ustedes que se salvará? -Sí, señor; con los flotadores es cosa hecha. Lo une hace falta ahora son pipas. -Doscientas pipas, añade un técnico. -Trescientas pipas, agrega otro. Y el cuento de la botadura es ya el cuento de las buenas pipas. Venga á tirar de las sordas los desfallecidos operarios de la maestranza; venga á tirar de las cuerdas los valerosos periodistas de la oposición, y ni unos ni otros logran su propósito. Ni el crucero se mueve de su sitio, con la proa huii dida, ni el ministro del ramo se mueve del suyo, con la j) opa al aire. -Hay que aguardar á que suba la marea, dicea- -ÍJSO, á que suba la marea. Y la marea acabará por subir y elevarse de tal modo, que llegue á asustar á quienes la esperan con mayor gana. Ija salvación de nuestra Armada es esperada por algunos de un marino joven, por otros de un homlire civil, jior otros de un hombre eclesiástico. ¿No se trata, al cabo y al fin, de un crucero? Su botadura, ¿no es un arco de iglesia? Y con un clérigo en el ininiste rio de Marina, ¿quién osaría decir que los males de nuestra Marina no tienen cura? De Cnba seguimos lo mismo. Ni se muere Gómez, ni cenamos en la trocha de Mariel. Todos los días nos refiere el cable la epopeya sublime, colosal, propiamente española de algún soldado heroico. Y sacando la cabeza por entre tanta y tanta rama de laurel, la nación sigue preguntando: ¿Cuándo acabará la serie de los héroes y empezarán las. victorias fáciles pero decisivas? Lo de Filipinas- -Sí, dirá el lector, eso pasará como todo: en que subirán el vino. De ningún modo; el blanco al menos ha bajado de algunos cablegramas á esta parte. El general salió á operaciones, y la noticia fué recibida con júbilo no menos general. ¡Blanco se va! ¡Blanco se va! decían con alegría en todas partes, y sobre todo en los conventos de frailes. Mas de allí á poco, la indisposición del general Echaluce (ya empiezan á indisponerse generales en Filipinas) hizo que el gobernador de la Isla volviese á la capital, con verdadero pavor del respetable público, ijiie exclamaba con pena: ¡Blanco se vuelve 1 ¡se vuelve Blanco! Entretanto, los dos turnantes é imprescindibles directores de este cotarro, D. Antonio y 1) Práxedes, se retiran un momento á la barrera. El segundo se va á Fortuna con objeto de que el efecto de las aguas le dure para cuando suba al poder; el primero continuará la serie de sus viajes en pos del país.