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No B (i (íseanclalizó la corte, acostumbrada á los frocnt ntes lances de aquella época, pero el conde de Cainpoazui, padre de Lvicin la, recluyó á ésta en nn convento muy lejos de Madrid para separarla eternamente de su galanteador, á quien ella había perdonado la muerte de su hermano. 1 ¡Habían transcurrido dos meses. D. Carlos suíría horriblemente la nostalfjia do sus amores interruuipidos; la tristeza más desconsoladora embargaba su alma, y no podía resignarse á aquel estado de cosas. El hubiera ido todos los días, reventando caballos, al convento donde se hallaba Lucinda, pero el padre de don Carlos le había prohibido alejarse de Madrid ni un solo día, amenazándole con desheredarlo si desobedecía su mandato. Imposible, por lo tanto, ponerse al habla con Lucinda. Las distancias eran largas, interminables, y los medios de transporte difíciles para el misterio, lentos para sus afanes, inútiles para ocultar la desobediencia á su padre. ¿Qué hacer? Ko hay, no ha habido amante en el mundo capaz de resignarse á la desdicha de sus amores sin intentarlo todo, sin atreverse á las mayores temeridades por ella. Y cuando el amante que quiei e bien alcanza el convencimiento de que todo es inútil, cuando tiene la seguridad de haber perdido toda esperanza el amante remedia su desesperación con el suicidio. Así lo iHUisó 1) Carlos de Chelva, y así lo decidió. Colgóse al cinto una de sus mejores pistolas, y tomando carretera adelante se jDerdió a l o lejos por las ondulaciones del camino, que iluminaba la luz indecisa del crepúsculo vespertino II r- -íDetente! ¿Qué vas á hacer? le dijo un hombre do aspecto salvaje en el momento que D. Carlos iba á dispararse la- 1 pislola. -Dejadme, bnen hombre, dejadme que busque el remedio de mis dolores. -Esi) era, ¡luego! ¿Qué te sucede? Y el de Chelva hizo minuciosa refe: rencia de cnanto dejamos dicho. ¿Y eso es todo? -Xada niiís. (Quiero verla todos los días, pero no puedo. -La verás; yo te lo asegrn O. íe vais á j) oner alas? -Xo; eso es exponerte á que te cacen. Habrá otra manera: pero. ¿qué me ofreces en cambio? -Lo que pidáis. ¿Tu dinero? ¿Para qué quiero mi fortuna sin ella? -i Todos lo mismo! -Kl alma, si es preciso. Dejadme sólo el corazón para adorarla. -Está bien. Sí. gueme. Y (J caballero y el diablo (que no ora otro el hombre que le había salido al encuentro) empezaron á caminar por un sendero, ya bien entrada la noche. Al llegar á la boca de un pozo, disinuilado por una agrupación de arbustos, ortigas y zarzas, el diablo separó con el pie las ramas y dijo; -No temas; arrójate detrás de mí. D. Caiios no vaciló un instante; se lanzó detrás del diablo por la negra boca del pozo, pensando quizá que iba á soterrarse! para sieiripre y bajaron, bajaron ¡quién sabe cuánto! hasta detenerse en una plataforma circular á la que afluían varios pasillos obscuros. -l odíamos, dijo el diablo, haber venido por otros caminos que conducen á este mismo sitio. Ya sabes que al Infierno se va ior todas partes. ¿Pero? -Sí; estamos en la entrada principal. ¿Ves? Es tan grande porque hay nuichas pecadoras á (juienes me traigo en coche. D. Carlos no pareció muy sorprendido de hallarse en aqiíel antro, dispuesto como estaba á perderse por ella, y siguió al diablo, qrre abrió una puerta por la que penetraron ambos. Atravesaron después una interminable galería de celdas, alumbrada por una luz roja vivísima. Sobre aquellas puertecitas estrechas, pintadas de distintos colores, se leían retirlos extraños: Murmuradores, Poli k M! M