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Qnizá la regia visita no tenga para Rnropa la trascendenoia capital que le h a n atribuido los franceses, uno de los cuales ha llamado al viaje de los soberanos, el suceso histórico más importante de fin de este siglo quizá tampoco carezca en absoluto de significación, como h a n querido dar á entender con su indiferencia ó su silencio los países de la Triple Alianza, Italia sobre todo; para los que vemos las cosas sin posibles apasionamientos de una ni de otra parte y al través de los periódicos 3 revistas franceses, el suceso tiene por lo menos una marcada importancia tipográfica. En honor de los Zares se lian movido las plumas, han gemido los tórculos, y las artes todas auxiliares de la imprenta se han puesto en juego para ofrecer al público retratos á cientos de los soberanos de Rusia en sus trajes europeos y orientales, en su vidu íntima, en sus actos militares, en todos los momentos de su viaje á Francia, ya que ni la policía ni la fotografía han dejado un instante de enfocar sus agentes ó sus objetivos hacia el Zar desde el mismo momento en que la escuadra inglesa, dejando á los soberanos rusos á mitad del Canal de la Mancha, fué relevada por los barcos franceses que condujeron á los Zares al puerto de Cherburgo. Del loco afecto de los franceses no cabe dudar; tampoco es posible dudar de la sin ceridad de Kicolás 11 en sus repetidas ma i i- x 2 nifestaciones de cariño y amistad hacia Francia. Su padre echó las bases de la alianza firmada ahora en el abrazo del Zar y de M. Faiire, y eu todos los mo mentos de regocijo ó de tristeza por que desde entonces haya pasado el ánimo de Nicolás II, ha visto éste asociado el pueblo de Francia á su propio sentir. Kn la muerte de Alejandro II, en el casamiento del Ziv actual, en las liestaa de su corona ión, seguramente eu to ios los momentos más señalados, no ya para la viila de línsia, sino para l a e x i s tencia de Nicolás II, ha podido apreciar éste el cariño de una nacic ni (pie con liei- hos (i con palabras y demostraciones al menos se ha ganado la amistad rusa á punta de lanza. Amistades que en tales mominitos se prueban, li nen qui ser más h u m a n a s y duraderas que l; is planteadas en un Consejo de diplomáticos ó en una fría conferencia entre los jefes de Estado, traducida luego en u n tratado de paz y am ¡sta l. Ni son éstos tampoco los tiempos en que las naciones puedan unirse por la simiile voluntad de los soberanos, sin intervención algima de los pueblos respectivos. Qué razón histórica, qué precedentes tenga la unión entre líasia y Francia, es lo que Nicolás II no liabrá comprendido hasta ahora, si bien el ingenio francés le halirá sacado de dudas en este viaje, demostrándole, porqne con la Historia en l a m a n o se dt- niuestra todo, qtie la afinidad entro Kusia y Francia es tan antigua como la rimera de estas dos naciones. A e. sta ardua y difícil tarea se han dedicado muchos periódicos y escritores de París, sacando al mismo tiempo del olvido los viajes á la capital de Franc i de otros soberanos ruaos: de Pedro el Grande, de Catalina, de Nicolás I 1. a vida é historia del Zar actual, lo uiisino en sus estudios de aprendizaje á la soberanía que en la más nimia de sus aventuras amorosas, fué ya vulgarizada por la prensa francesa á la muerte de Alejandro III. Ahora se han recordado todos aquellos pormenores y detalles. El Zar actual, educado por su padre en la más estrecha disciplina, es un espíritu verdaderamente europeo. En sus largos viajes ira perfeccionado su ilustración, y en los realizados á través de su vasto imperio ba conocido las necesidades de los stíbditos, com pletamente ocultas para quien vive constantemente la vida cómoda, fastuosa y aduladora de la corte. Su matrimonio con una princesa alemana, la Zarina actual, fué el tínico momento de alarma para Francia, no ciertamente por celos imposibles de la nación fjancesa hacia la esposa egregia de Nicolás II, sino por el origen alemán de la princesa Alicia. Esta, al acompañar á su esposo eu el viaje, ha desvanecido todo motivo de alarma, y no faltaron tampoco rebuscadores de viejas historias que demostraron itn origen francés más remoto y primitivo de la princesa Alicia, así como han demostrado ahora que Eusia y Fi- ancia fueron siempre afines, y que todo soberano ruso ha sentido, apenas subió al trono, la ansiedad de visitar á París. La gran ciudad no ha omitido detalle alguno para mostrar á los soberanos de líuíia todos los cuatro costados de su adelanto y de su poder. Francia republicana acumuló en Versalles todos los espléndidos recuerdos de Luis XIV, de la Regencia, de Luis NV y de Luis NVl; Francia militar mostró á Nicolás i I sus escuadrones, sus infantes y sus carros de guerra en la gran revista militar de Chalons; Francia industrial y científica mostróse al Zar en la inauguración del gran puente de Alejandro III, que será una maravilla de tnecáni -a y el clou indudable de la próxima Eíxposición Universal. KL ZAK i; ií 1880