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Rl preceptor la esperaba en el comedor, y apenas le vio dijole con voz embargada por la emoción: ¿Cómo sigue Jorge? -Peor, señora, mucho peor, hasta el punto de que el médico está alarmadísimo ante el curso de la enfermedad. Madame Hermet se echó á llorar, y no pudo probar bocado. A la mañana siguiente volvió á preguntar por su hijo, y no se movió en todo el día de su cuarto, donde humealia un braserillo que esparcía por la habitación un perfume penetrante. Madame Hermet pasó así una semana entera. Únicamente salía un rato á tomar el aire, sin atreverse á entrar en la habitación de su hijo. Al onceno día, el preceptor se presentó en el dormitorio de la madre y con voz reposada exclamó: -Señora, Jorge está gravísimo y desea verla á usted inmediatamente. ¡Dios mío! ¡OÍOS míol contestó madame Hermet. No me atrevo ni me atreveré jamá á entrar en su cuarto. -El médico ha perdido toda esperanza de salvación, repuso el preceptor, y Jorge la espera á usted para larle el último adiós. -Dígale u s t t d á mi hijo que le adoro y que me mata la angu. stia- -Pero, señora- ¡Sí, soy una miserable, una infame, una madre desnaturalizada y cruel! ¡Venga usted, por piedad! -No, no, el miedo me anonada, y no soy dueña de mi voluntad. Jorge estaba agonizando, y con esa especie de presentimiento que suelen tener los moribundos, lo había adivinado todo y decía: -Si no se atreve á entrar, que pase por el jardín y se presente ante los cristales de mi ventana, para que pueda despedirme de ella con una mirada, ya que no me es posible darla el último beso. fíl médico y el preceptor dijeron á madame Hermet: -No corre usted el menor peligro, puesto que mediará un cristal entre usted y él. x 41 fln consintió la madre, la cual se cubrió la cabeza con un denso velo, cogió un frasqulto de sales y trató de salir de su habitación. Pero de pronto detuvo el paso y exclamó: ¡No, no puedo! ¡Tengo demasiado miedo! ¡No quiero, no! Y el moribundo, con los ojos vueltos hacia la ventana, esperaba para morir ver ior última vez el rostro le su adorada madre. Ksperó durante muf- ho tiempo, y al cerrar la noche se volvió hacia la pared sin pronunciar una ¡lalabra. A las Ocas horas exhaló el infeliz el último suspiro. Al otro día madame ffermet perdió para siempre la raziSn. (4 UY I) K ÜAt PA. N. íAXT UIBUJO, D MÍSl KZ BRINOA B CHASCARRILLOS -lM í! s H) v i uerzu crluiii A 1; O d o lu- lñí ias t- n (íT c a f é -A o, í ñor; lo i in IIIU- CIIIMS O CUI) II- il. o enfé 011 Ins u- liicorÍ: is. -1 1 lornoniu s o n Uis oiii ifienjs, Miciitivis lioniLiP toiii; ulu UMÍIH t i n t a s m e híiii i lu s o l t a n d i i tndiis y; is l ai dlos. ¡LnrnoiHiS v e o v e í i i t i c i i i r u!