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-Vamos á ver; enséñeme usted eso, que á mi juicio no es nada. Ya verá usted cómo todo desaparece con una insignificante cauterización. -Me quitaré el velo ante usted, pero no ante ese caballero á quien no conozco. -También es médico, y tal vez la cure á usted mejor que yo. La loca mostró entonces el rostro; pero, llena de vergüenza, bajó los ojos para evitar nuestras miradas y exclamó: ¡Sufro de un modo atroz al verme asi! ¡Esto es espantoso! Confieso que la contemplé con asombro, porque no tenía nada en la cara; ni una señal, ni una mancha, ni una cicatriz. A ¡os pocos momentos la infeliz se volvió hacia mí, con los ojos siempre fijos en el suelo, y me dijo: -Contraje esta horrible enfermedad cuidando á mi hijo. las sea como quiera, cumplí con mi deber y tenj o la conciencia tranquila. Sólo sabe Dios cuánto sufro! El doctor sacó de uno de sus bolsillos un pincel de acuarelista, y exclamó: -I Repito que eso no es nada, y que va á desaparecer dentro de un instante! La loca tendió su mejilla derecha, el médico comenzó á pasarle por ella el pincel. Luego practicó a jn sina opera ción en la mejilla izquierda y en la frente, y después dijo: -Mírese usted al espejo. Ya no hay nada, nada absolutamente. La demente se contempló durante largo rato con profunda atencióji, con un violento esfuerzo de todo su -ér para descubrii algo, y murmuró: -Ya no se ve nada. INIucbas gracias, doctor. El médico se levantó, me hizo salir, me siguió con premura, y apenas se hubo cei rado la puerta, me dijo: -Ahora le contaré á usted la horrible Idstoria do esa desdichada. III- -Se llama madame Hermet, y fué muy hermosa, muy coqueta y muy feliz, lis una de esas mujeres que no cuentan en el mundo más que con su belleza y con el deseo de agradar para consuelo de su existencia. Tan sólo se ocupaba en el embellecimiento de su rostro, de síis manos y de sus dientes, invirtíendo diariamente muchas horas en su tocador. Quedóse viuda con un hijo, el cual fué educado con esmero y muy querido de su madre. Un dia, cuando madame ílermet tenía treinta y siete afios, su hijo, que había cumplido quince, cayó gravemente enfermo. El muchacho se vio precisado á guardar cama, sin que en un principio juidiera comprenderse la causa de su enfermedad. El preceptor del chico velaba constant niente á su lado, mientras que la madre no se atrevía á entrar en el cuarto de su hijo, limitándose á pedir desde la puerta noticias del enfermo. ¿Qué h a dicho el médico? preguntó una noche al regresar del teatro. -Que el niño está atacado de viruelas, contestó el preceptor. Madame ITermet lanzó un grito y echó f v, á correr precipitadamente. Guando su doncella entró al día siguiente en su habitación, notó un acentuado olor á azúcar quemada, y encontró á 8 u señora con los ojos abiertos, el rostro pálido por el insomnio y tiritando de angustia en su lecho. ¿Cómo sigue Jorge? preguntó la madre. -Mal, señora, muy mal. Madame Hermet se levantó muy tarde, no tomó más que una taza de té, y salió á la calle en busca de un farmacéutico que le indicara algunos preservativos contra el contagio de la viruela. No volvió á su domicilio hasta la liora de comer, cargada de frascos, y ge encerró en su cuarto, donde se llenó de desinfectantes.