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E G o IS M O I Viven los locos samidos un esa impenetrable nebulosidad de la demencia, donde todo cuanto han visto en la tierr todo lo que han amado, todo lo que han hecho, connonza de nuevo para ellos en una existencia imaginaria, ajena por completo á todas las leyes que gobiernan las cosas y rigen el pensamiento humano. Por eso me atraen con irre istibk íuerza. Para los locos no existe lo imposible, dcsapaj- ece lo inverosímil, y lo mágico constituye un elemento corriente y natural. Nada haceti por vencer las resistencias y los obstáculos qne encuentran en su camino, y basta un capricho de su voluntad para que posean todas las riquezas del mundo y gocen de los más puros y exquisitos placeres. Son los únicos mortales ¡ue pueden ser felices en la tierra, porque para ellos no existe la realidad. Cierto día, al visitar nn jnanicomio, el médico que me acompañaba me dijo: -Voy á enseñarle á usted un tipo en extremo interesante. Y mandó abrir una celda donde una mujer de unos cuarenta ai os, liermosa todavía, estaba sentada en ana Ijutaca contemp áudose el rostro ante u n espejo de mano. II penas nos hubo visto, levantóse presu rosa, se dirigió al fondo de ¡a lial) i tación en busca de un velo qne se t hallaba en una silla, se cubrió cuidadosam e n t e l p el rostro, volvió al sitio donde estábamos mi amigo y yo, y contestó á nuestros saludos con una inclinación de cabeza. ¿Qué tal ha pasado usted la mañana? le preguntó el médico. -Mal, muy mal. Las señales aumentan de día en día. -Nada de eso, aefiora. Usted se equivoca por completo. -No, señor, estoy segura de ello. Hoy he contado diez hoyos más: tres en la mejilla derecha, cuatro en la izquierda y tres en la frente. ¡Esto es horrible! i No quiero que nadie me vea! ¡Estoy desfigurada para siempre! La pobre mujer se desplomó en su butaca y se puso á sollozar. Acto continuo el médico cogió una silla, se sentó al lado de la paciente, y con voz suave y consoladora le dijo: