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nn cnohiilo. A sacar fuera ese condenado aroón ordenó á los marineros; y annqiie el viejo intentaba cnlirir oon su cuerpo el mneble, el sobrecargo reparó en dos agujeros circulares que á los costados tenía, y corrió á avisar al capitán. t- Oavrczt, mandó éste imperiosamente; y como el viejo, barbotando protestas, no quisiese entregar la llave, liieieron ademán de ecbar á la bahía el arca. Palideció el aldeano bajo la pátina que el sol liabía depositado sobre su rugoso cutis; dos lágrimas corrieron por sus mejillas, y alargó la llave, volviendo la cara. Abierta el arca misteriosa, un grito se alzó del corro formado alrededor: dentro venía un muchacho como de quince años, medio asfixiado ya E r a lo que se Uanaa en la jerga del puerto nn polisón, un pasajero que se cuela á bordo sia pagar billete Entonces comprendí, no sólo la desesperada mímica del viejo, sus afanes porque el arca no quedase debajo de los baúles y jergo nes, sino cómo se atrevía á cruzar los marea estando al borde del sepulcro No iba solo; se llevaba la esperanza, simbolizada en la juventud Así que anocheciese y el barco se hiciese á la mar, el abuelo abriría la puerta de la jaula, y el nieto saldría gozoso, seguro ya de no ser cogido! Entretanto el viejo, de rodillas, arrastrándose, arrancándose las canas greñas, sollozaba amargamente. Algunos se reían y le insultaban; los más se sentían conmovidos. El capitán, accionando, encolerizado, hablaba de hacer perder al viejo el pasaje y despacharle á tierra en seguida. Mediamos para aplacarle, representándole la miseria de aquella gente, recordándole que hombre pobre todo es trazas, y que la necesidad dicta esos ardides. El viejo, sintiéndose protegido, redobló los extremos y nos contó una historia de dolor: su yerno emigrado hacía años, sn hija muerta, el nieteciUo sobre sus cansadas espaldas, la cosecha perdida, la vaca vendida por no haber hierba que darle, la contribución doblada, el fisco sin entrañas, el cielo sordo á las oraciones ¿Qué haríais si escuchaseis estas lástimas? I lubo cuestación, y el capitán se conformó oon bastante menos del precio del billete, porque tampoco el capitán era ningún tigre Y abandonamos el barco, próximo ya á emprender su rumbo hacia otro liemisferio. Había anochecido, y la concha de la bahía ostentaba un esplendente collar de luces, en el centro del cual destellaba como enorme rubí el rojo farol del espolón. Del vapor salían las notas frescas del zortzico donostiarra; los gallegos, viendo desaparecer entre las sombras las amadas costas de su tierra, no tenían ánimos para entonar ni siquiera uno de sus cantos prolongados V melancólicos. E M I L I A PARDO E. 4 ZAN UlliU, os l) K AUADIÍH DOS CUENTOS VIEJOS, POR MECACIIIS -Yo, autos de ser del orden, fui urbano. ¡Toma! Eso lo son todos hasta que son del orden. Aquí mató de un tiro Atanasio Ruiz ú Lucas Pérez. Vamos, éste al monos descargó la escopeta; o, ¡ni eso I