Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
bastían, y sé veían innjeres gaipuzcoanas, dosgrefiadas, hoscas, pálidas de mareo, con la marca de su raza, el daro diseño de las facciones. E n medio de aquella abatida grey, de aquellas figuras que sólo perdían el carácter bajo y plebeyo para adoptar expresión resignada y mística, me llamó la atención un aldeano viejo, exclusivamente consagrado á cuidar del transporte de su equipaje, reducido á un lío metido en un trapo de algodón, y á un arcón roído de la polilla. Contaría el viejo lo menos setenta años, y de su sombrero de fieltro, atado con un pañuelo para que no volase, se escapaba una rueda de argentados mceliones qne hacían resaltar el tono cobrizo de la tez. Vestía el traje del país, los blancos calzones de lienzo llamados cirolas, la faja obscura, y ol chaleque con triángulo en la e- palda. La cara denotaba gran astucia, y las pestañas blanquecinas daban singulares reflejos á los ojos azules, penetrantes y cautelosos. Iba solo; nadie le auxiliaba en su faena, y aunque nada debe sorprendernos, me sorprendía que tan próximo á la hora de la muerte emprendiese aquel hombre un largo viaje y se arries. gase á un cambio total de vida y costumbres. ¿Qué baria en el Nuevo Mundo? ¿Qué confusión no serían para él los usos, los trajes, el habla, la atmósfera tan diversa de la respií- ada hasta entonces? V qué usos iba á aplicar su vetusta m í q u i a a y qué buscaba en el país americano, si no ora el cementerio? INIientras yo liacía estas reflexiones, el viejo seguía preocupado de desenredar su equipaje, entro el bureo y el liervidero de la gente. No interrumpían su faena el cabrestante y la grúa, y ésta parecía inmenso brazo que desde el vapor arramblase con cuanto había en tierra: la mano de gigantesco pirata barriendo el puerto de Marineda y trayendo arcas, sacos, bai des, muebles- -sirviendo de tendones al brazo los íuerte i cables, -para llevárselo todo á otra tierra m á s clemente con el hojnbre. Inclinado el viejo sobre la borda, seguía palpitante de. inquietud los movimientos de la grúa, qne traía el equipaje. Al íin se dilató su rostro y chispearon sus pupilas: balanceábase en el aire y descendía pausadamente el arcóu. ¡Cuánto conocía yo ese mueblo familiar de nuestros aldeanos, donde guardan lo que más estimanl Allí se encierran, entre c- pliego, lesfa y olorosas manzanas, el dengue majo, la randada camisa de lino, el jiaño de seda y Ic s brincos de filigrana de plata, galas que sólo salen á relucir el día tle la fiesta del Patrón; allí, en el pico, se esconden dentro de xma media de lana los ahorros que tantas privaciones representan, desde ol ainariUo centén hasta el roñoso ochavo de la fortuna El arca del viejo era de las mayores, pero también de las más jnugrientas y desvencijadas: traía remiendos de madera nueva í- tn, l y zunchos de hierro tori emente aplicados. Cuando vino á caer 1 1 -í I In uscamente sobre cub erta, el viejo tendió las manos nudosas y se precipiti) á u ar el golpe; pero le empujó el tropel y dió de bruces coutia un baúl de cuero, jurando enérgicamente. Al erguirse, su primer pensamiento iué para el a r t a La e. -t; iban arri i- f: -M conando, sepidtándula bajo mundos de hojalata y un lío de jergones- -pues como es sabido que en Montevideo no se da cama á los sirvientes, los emigrantes se llevan la suya. -Al ver que desaparecía el arca, el viejo blasfemó otra vez, y se lanzó á sacarla de entre tanta balumba, apartando jergones. Los dueños corrieron á defender su propiedad; hizo resistencia el viejo, y so trabó una disputa, que iba á convertirse muy pronto en pelea. Intervino el sobrecargo, que hablaba español, y tratando de idiota al viejo, le preguntó qué carabina le importaba que el arca fuese encima ó tlebajo, ya que por ser pesada y voluminosa tenía iae acomodarse de manera que no estropease los baúles. El viejo balbucía; mi temblor extraño agitaba su cabeza, y la mirada escrutadoi a del fj ancés se clavaba en él como la hoja de