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E POLISÓN Queriendo ver ¡le cerca nna escena triste, fui á bordo del vapor francés donde se hacinaban los emigrantes, dispuestos á abandonar Ja región gallega. La tarde era apacible: apenas corría un soplo de viento, y el cielo y el mar presentaban el mismo color de derretido estaño; el agua se rizaba en d i t a s pesadas y cortas, que parecían esculpidas en metal. Desde el costado del vapor nos volvimos y admiramos la concha, el primoroso semicírculo do la bahía marinedina, el caserío blanco y las mil verdes galerías de cristales que le prestan original aspecto. Trepamos por la escalerilla colgante á babor, y al sentar el pie en el puente, no obstante la pureza del aire salitroso, nos sentimos sofocados por el vaho de la gente ya aglomerada allí. Poco avezados á n ioverse en espacio tan reducido, hechos á la libertad campestre, los labriegos se empujaban, y había codazos, resoplidos y patadas, l.o s parientes de los emigrantes no se de. -idían á V (ilver. -e á tierra, v el marin j fraiu- i s encargado d e r e r o g e r el inevitable pai elit- o amarillo, se imjiacicntaba y grnííía: ¡Cetie idee, ñc irmr iri fai re fci ad icur! On s í nihrcífwíe Huy le qiiai, ci j id i c eet JÍJÜ. VA navesrante, curtido por innumerables travesías, no compronilía á los que lloriqueaban. ¡Un viaje á América! ¡Valiente cosa! Xos entretuvimos un rato on o b s e r v a r l a s v a n a d a s íitor. omías de los eniigrantes. Había rostros cerrados y bestiales de mozos campesinos, y caras expresivas, como de santos en éxtasis, alumbradas por grandes pupilas meditabundas. Las muchachas, con los ojos bajos y el continente modesto peculiar de las gallegas, parecían el botín de guerra de u n corsardo. Entre los recién embarcados podían distinguirse los pasajeros ya recogidos en San Se-