Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
¡María Re es tiene na amante! dijeron todhS entonces. ¡Ella un amante I lElla, que no había escuchado nunca una frase halagüeña, una palabra de amor ó de amistad ni aun de sus mismas compañeras de profesión, á las que, por el contrario, servía de hazmereir porque BUS medios no le permitían competir con ellas en nada! María Reyes, firme en el papel de víctima convencida que había aceptado últimamente, soportó las risas de sus compañeras, bajó los ojos y no dijo ni una palabra. El caballeroso y honrado maestro de halle, viendo la humildad y! a resignación retratadas en el semblante de la infortunada bailarina, se creció entonces y exclamó hidalgamente, tratando de disimular el enojo que le dominaba: -Escúchame, María Reyes. Cuando solicitaste la plaza de meritoria comprendí por tus hechuras que nunca servirías v para cosa de provecho. Me hablaste de tu padre enfermo, de la miseria que sufrías y qué sé yo; te admití sin darte sueldo y disfrutaste la plaza durante toda la temporada anterior. Al empezar ésta, y por haberme faltado la Nicasia, te he puesto en su lugar, aunque ella era muy bien formada y tú pareces una anguila. Pex o en vista de que tampoco te llama Dios por el camino del arte coreográfico, vale más que dejes libre el hueco para otra que lo merezca. Un rayo que hubiese caído sobre la pobrecita no le hubiese producido más efecto que. el que le causaron semejantes palabras. Inmóvil, pálida como la cera y con los ojos inundados de lágrimas, sin exhalar el menor gemido, parecía la imagen del dolor, petrificada por las injustas é inhumanas frases del maestro. Hasta las bailarinas, gente bulliciosa y de ancha conciencia por lo general, fruncieron el ceño y movieron tristemente la cabeza ante lo brutal de aquel discurso. De pronto vieron á la desdichada María Reyes vacilar sobre sus piernas, llevarse las manos al corazón, y lanzando un ronco gemido caer desplomada sobre el tablado.