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EL PASO DEL TORRENTE A bailai ilia María Reyes tenia diecinueve años cumplidos, aunque por su tispectto apeíias representaba tener catorce ó quince. Tal era lo escuálido y raquítico de su uerpo, que no presentaba á la vista ninguno de los signos que demmcian la adolescencia en la mujer. La conocí en el teatro que entonces llamaba todo el mundo Circo de Eivas, y hoy del Príncipe Alfonso, y voy á referirme al ensayo de uno de aquellos bailes que tanto gustaron al público y que tan carísimos costaron al inolvidable I Simón; como que consumieron casi toda su fortuna. El maestro de baile, atronando con su voz estentórea el vasto local, exclamaba dirigiéndose á la troupe de bailarinas: ¡Ñiflas: oído, oídol ¡Todas á una! ¡Larilá, lililó, lililó! ¡Oído, oído! ¡Lililó, lililó! ¡No es eso! ¡No es es Y golpeaba con el pie sobre el tablado y fuera de compás cual pudiera hacerlo una caballería, acentuando más la terminación ¡sooo! como si le reconviniera la conciencia. Tjas bailarinas le llamaban el niaestro Lililó, atendiendo á su muletilla para tararear. ¡Hoy estáis imposibles! Voy á multaros á todas, empezando por ti, María Keyes. Era natural. I a infortunada bailarina no era bonita, carecía de recomendaciones y de protectores, y la soga se rompía por lo más delgado. Lo de siempre. T a posibilidad de la multa produjo en el ánimo de la joven bailarina un terror indescriptible, hasta el punto de hacerla temblar como una azogada. Este terror estaba plenamente justificado! La pobre niña era uno de esos seres que al venir á este mundo parece como que son de una raza inferior al resto de la humanidad y obtienen en el misterioso sorteo de la vida la bola negra, patente de la desgracia que ha de perseguirles en todo y para todo. María Keyes no tenía, por lo visto, derecho á ser feliz. A los pocos años de edad perdió á su virtuosa madre. Su padre, víctima de una tisis lenta pero implacable, estaba imposibilitado para trabajar, y ella era el línico amparo, el único sostén de la reducidísima familia. Ni 7 nás parientes ni más amigos que pudieran ofrecerles apoyo ó consuelo alguno. De la pobreza muchos huyen por egoísmo, y otros por instinto. Las vigilias, los trabajos, los sinsabores de todo género, y en una palabra, ¡el hambre! aterrador espectro con el que á todas horas tenia que habérselas la pobre ñifla, habían agostado sus ilusiones, sus energías de pocos aflos. Hoy ya era una máquina que se movía inconscientemente; una arista, unalioja seca que á merced del viento abrasador del infortunio se dejaba ir y venir sin protestar y sin quejarse. ¡Otra vez lo mismo! ¡Desde el paso del torrente! gritó el maestro. ¡Oídol Una, dos, tres. ¡Laralá, lililí, lililó, lililó! Las bailarinas avanzaron desde el foro hacia el proscenio, de derecha á izquierda del espectador, formando una diagonal muy acentuada para que la m a s a coreográfica resultase más vis. tosa y la distancia mayor. E n el centro se colocaron unos cajones para siguificar el torrente, y todas las bailarinas estaban obligadas ú saltarlo á su tiempo y sin perder el compás. ¡Ahora! gritó el maestro. E r a aquello u n ejercicio de acróbatas m á s bien que de discípulas de Terpsícore. Al simular el paso del torrente cayeron al suelo tres bailarinas, entre ellas María Eeyes, que fué á dar con su cuerpo contra uno de los cajones. Con ésta precisamente, y como de costumbre, se encaró el maestro, gritando como un energúmeno: ¡Ya lo decía yo I ¡Siempre tú, y nadie más que tú! Por ti se han caído las demás. ¡Eres una torpe, y no sirves para nada! Estás muy distraída desde hace unos días. El marquesito te ha calentado los cascos. Las risas y los cuchicheos estallaron entonces. Todas habían visto la noche anterior á un pollo hablando u n momento con María Reyes entre bastidores. Es que la preguntaba por el cuarto de la primera bailarina, con objeto de ofrecerla una camelia.