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cervecerías y horchaterías donde el público no entra jamás y donde los camareros dormitan sobre los fríos mármoles de aquellas mesas convertidas en sepulturas, y entremos con todos en la horchatería de moda, donde cuatro ó seis camareras simpáticas é incansables llevan de mesa en mesa los vasos chicos y tallados, donde la mano del dueño acaba de escanciar la morena y sabrosa horchata de chufas. En este velador, una colección de admiradores flirtean con la camarera, mientras algún ciudadano pacífico y muerto de sed se desespera dando palmadas; allá, los honrados burgueses distribuyen equitativamente la horchata entre los niños y reparten entre ellos los barquillos con la misma eqnidad; el enamorado aguarda la hora de la cita, y templa sus ímpetus fogosos con uno y otro vaso de limón helado. Cuando la niña, recién levantada de la siesta, penetra en la horchatería, parece preguntar con la mirada á su cortejo: ¿Has esperado mucho? Y el joven, con el mismo mudo lenguaje, contesta señalando á la vajillería: -Pujs señor, no comprendo cómo puede subir el- -Hace ya cinco vasos y medio de limón. por esta pajita. iSi fuera al revés I Aquí se descorcha bulliciosamente la cerveza de Rotterdam y de Mahou; en otro lado apuran grandes vasos de obscura zarzaparrilla, y allá, en un rincón, todavía quedan parroquianos del antiguo régimen que i (lon el cazo y la ponchera y beben á copas la espumosa mezcla del limón, de la gaseosa y de la cerveza. La puerta de la horchatería está abierta y franca; dos garrafas redondas son los únicos guardianes del pelado quicio, por el cual cruzan, mezclados con los parroquianos, los golfos que van á buscar una colilla y algúa barquillo que otro; la florista, que el mes pasado ofrecía rosas y claveles y hoy brinda con varitas de nardo; el mozo de cuerda con la caja de cervezas al hombro, ó bien con el largo prisma de hielo recién traído de la fábrica. La hegemonía de las horchaterías sobre todos los establecimientos de beber dura poco, pero su dominación es brillantísima, simpática y atractiva como pocas. Los lujosos cafés, con sus divanes mullidos, sus cortinones, sus estatuas, columnas y aparatos de luz, son incompatibles con la vida de verano, como lo son tanrbién, higiénicamente LA ULTIMA PKOPIXA mirados, el moka y los alcoholes. En los meses de calor, ¿quién se encierra después de almorzar en la sala de un café como en los días crudos del invierno? Y después de comer, ¿quién no prefiere el aire fresco de los Jardines, de Recoletos ó del Prado, á la atmósfera cálida de los cafés, velados por el humo de los vegueros y ardientes con el vaho de las cafeteras? En las horchaterías, por el contrario, nada hay excitante, como no sea la caída de ojos de alguna camarera, y el antí loto de este veneno lo trae la propia interesada en los vasos del establecimiento. Paredes blancas y limpias, local fresquísimo, bebidas refrigerantes, dependencia muy bien peinadita, floreada y aplanohadita; la limpieza y la sencillez nos llevan á las horchaterías en verano, como el comfort y el abrigo nos hacen estar durante el invierno horas y horas en la peña del café. ¡Cuan antipática esa peña de hombres solos, donde se murmura, se corta, se raja y se toma Entre toilos han pedli porque si la chica os fuerte, una chica de cerveza, es sube á la cabeza. afición á la vagancia y