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Excuso decir á ustedes los vestidos que cortaron una bailarína jubilada y un alumbrante con una copita de más. -La que m e pide m á s cabos de todas es la Brígida. ¡Jesús, los que gasta! -Los que se guarda, debe usted decir. El año pasado vendió más de arroba y media en una tienda del Rastro donde voy yo de visita. Y la Pelillos, ¿pide mnchos? -Ño, señora. Esa ninguno- -Claro; le sobra y basta con el cabo de ingenieros que tiene. ¿De ingenieros? El que yo le conozco es de artillería. -De esa arma le conozco yodos. -B u e n o eso sei ía el año pa- -No, s e ñ o r éste. -Está u s t e d equivocada. Este año h a ascendido. E l q u e la acompaña ahora al ensayo es un sargento. Y s u e l t a n la carcajada y p a san revista á todo el personal de la compañía, pon i é n d o l o como digan dueñas. -i Alumbrante! ¡Alumbrante! ¿Quién? -Yo. El violín de baile. ¿Qué quiere. usted? -Mis velas. -Ahí las he t ít p u e s t o E n las arandelas e s t a rán. -No hay más que una. -Pues yo pvise dos. ¿Quién la h a quitado? Digo y go que me la h a n c Escándalo, confus ees y protestas, pero no parece. Porque, eso sí, lai ñas m á s lionradas i tro, y hay muchos, nen escrúpulo de r clase en escamotea, perma. Las velas tienen para los artistas un encante irresistible. Cuando termina el ensayo acaban las ocupaciones del alumbrante. Recoge velas, es decir recoge cabos, y á casa. Los recoge, si puede. ¡Yo no sé dónde van á parar tantos cabos como se pierden: Yo sí: todos los individuos del teatro se alumbran con cabos en las escaleras al subir á casa aespues do la fun Generalmente hoy, desde las instalaciones de luz eléctrica, los no tienen que alternar con las partes principales. E l alumbrante es áspero y suele ser hasta grosero, pero en los alrededores de Nochebuena, época de propinas, suaviza las asperezas de su carácter y da loe cabos más largos. E n cnanto h a pasado el día de Beyes, vuelve á sus condiciones usuales: las de puercoespín. El último año que estuve en el Real, hice con respecto al alumbrante la siguiente observación: ¡Vicentel U n cabo. -Toma. Y le daba de mala gana. á la bailarina uno muy pequeño. -Señor Vicente, ¿me da usted u n cabo? -Ya lo creo. Y le daba media vela. E n ninguna parte se enseñorea la vanidad como en el teatro R A F A E L MARÍA LIERN DIBUJOS DK MÉNDEZ BRINGA