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Domino desde la ventana casi todo el contorno de Sallent, y así puedo apreciar los afanes y tareas de un pueblo que tiene que realizar todos sus trabajos agrícolas en dos meses, únicos en que la sábana de nieve se repliega á los más altos picachos. Las faldas de los montes, la concavidad de los valles, la garganta de las cañadas, todo aparece dividido y subdividido en mil pequeñas é irregulares parcelas, cuyos límites marcan los tapiales del país, formados de piedras s o b r e p u e s t a s sin más argamasa que la propia cohesión y la habilidad de los constructores. El verde matiz de los prados, el color amarillo de los campos de triCASA T) K ISKKGÜA, EX S. I. LKXT go y de cebada, más ó menos dorados según la madurez de las espigas, el tinte pizarroso de la roca estéril, y nllá á lo lejos los obscuros pinares de la selva, dan á la campiña el aspecto de una de aquellas colchas de cama formadas con retazos de paños diferentes. Allá los encorvados segadores cortan los manojos al ras de la tierra; aquí el dallador esquila en semicírculos, con su guadaña, la hierba de los prados; desfilan los ganados en dirección á las praderas comunales del Forinigal, donde estarán hasta la Sanmignelada, y los mulos del país bajan como cabras por sendas imposibles hasta el pueblo con fabulosas cargas de hierba sobre el lomo. Es una vida patriarcal la de estos simpáticos montañeses, sanos de cuerpo, abiertos de inteligencia, celosos ó incansables para el trabajo, porque cada cual trabaja en lo suyo merced á esta adorable división de la propiedad, que no hará ricos, pero que tampoco hace pobres. La santa costumbre, imponiéndose á las leyes nuevas y á todos los códigos civiles, mantiene los antiguos linajes, sostiene á las casas con fortísimos aunque invisibles puntales, y conserva sobre la familia entera el apellido del fundador, pese á los nuevos apellidos que hayan entrado en casa por femeninos entronques. Bajo la gran campana del fogón y sobre el bajo hogar, alimentado por turbulentos bojes cuyas hojas estallan como descargas de fusilería, nos reuníamos ai anochecer, oyendo en las cercanas calles la esquila de las vacas que bajaban del prado ellas solas á cumplir con sus ternerillos los deberes maternales. Iluminaban la tertulia secas y resinosas astillas de raíz de pino, y hablábamos del tiempo, porque en el campo, hablar del tiempo no es cosa tan insustancial y tonta como en las ciudades nos parece. Y se hablaba también, ¿cómo no? del asunto nacional, del asunto amargo, de la guerra de Cuba, vampiro colosal que á cada familia chupa un poco de sangre. No teníamos periódicos, no leíamos impresiones del corresponsal, ni cablegramas oficiosos, -ni despachos oficiales; leíamos la carta del soldado que con tanto coS A L L E X T r E l í S O K A L DI? L. V A D U A N A rrer por el pueblo estaba sucia y descoFolog. A, Dumai 7i e lorida como un documento de archivo. Y al cabo y al fin, ¿no merecen el archivo mejor que las secas comunicaciones oficiales? Ellas hacen la historia íntima, la historia psicológica, la historia humana de tan triste lucha, con muy mala- ortografía, pero con muy interesante y stigestiva sinceridad. M LUIS ROYO V I L L A N O V A