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das, se yerguen amenazadoras y se apiñan contra el camino; el río socava allá abajo entre dos cortaduras verticales, unidas á veces por puentes de fábrica que unen las dos rocas como un imperdible á considerable altura de las aguas. Sigue el caquino describiendo curvas libérrimas y capri chosas, subiendo y bajando, serpeando siempre como la tralla del mayoral al restallar en los aires; poco á poco van surgiendo los caseríos y los pueblos del valle de Tena; lio allá arriba, el l neyo en una hondonada, Escarrilla qué sale A nuestro paso Y allí, en el puente, se separan los coches de Panticosa j) ara emprender la larga ascensión al balneario, mientras miestro coche sigue- corriendo por la carretera de yallent, en cajonado entre las montañas, ¡lasta que salvado un pequeño túnel se despliega do pronto á nuestra vista el valle feracísimo, dilatado y encantador de Sallent y Lanuza, en cttyo V I S T A DE S A L L E X T fondo se alza, como fantasma pétreo, una roca altísima, pelada- y escueta: la Foratata, que parece el primer vigía español, siempre apercibido y vigilante, puesto de puntillas sobre el pueblo para ver qné sucede al otro lado de la frontera. Sallent, cabeza del valle de Tena, y el primero d los pueblos del valle viniendo de Francia por Pan, Laruns y Gabás, forma un conjunto poético y encantador hasta no poder más, y tiene el privilegio que logran alcanzar tan sólo los buenos grupos escultóricos: el de ser bellos cualquiera que sea el punto de vista elegido por el espectador. Dos riachuelos juguetones, rientes, traviesos, como recién nacidos que son, pasan á entrambos l a d o s d e l pueblo como las dos cintas de un escapulario; el uno, el Gallego, trae la corriente turbia porque crtiza caminos y heredades y es de tierra su lecho; el otro, el Agualimpia, de agua purísima de nieve, que después de un salto tan bello como las cascadas de Piedra, sigue su camino sitt tocar más que la roca viva, el canto rodado, la piedra ptdimeíitada, que se trasluce tras el diáfano cristal de su corriente. Al unirse ambos ríos en las afueras de Sallent, sigiten largo rato sin mezclar sus corrientes; RONDALLA J E S A L L E N T Fvio! Á. J) iniaine se ve que el agua pura lucha para no contaminarse, mas al fin triunfa el malo: toda el agua se enturbia, y el acrecido turbión sigue despeñándose de pueblo en pueblo, corrompiendo á los ríos menores que le salen al paso y arrastrándoles con él hasta unirse al Ebro cerca de Zaragoza.