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NOTAR DE VERANEO EN EL PIRINEO ARAGONÉS Tomando la flamante línea férrea á las mismas puertas de Huesca, el tren se desliza en una veta inacabable, partiendo olivares y viñedos y dejando á lo lejos, cada vez más chica, la silueta de la capital alto- aragonesa, en cuyo fondo, y sobre la montaña que le da nombre, se alzan las ruinas del histó rico monasterio de Monte- Aragón. Poco á poco empezamos el ascenso; la marcha del tren se hace fatigosa, y la llanura impecable comienza á arrugarse, y á fruncirse, hirviendo en ampollas, cerros y sierras. A la derecha serpea con azulados tintes la cordillera del Somontano; á la izquierda baja el Gallego deshecho en espuma, furioso al verse vigilado en todo su cauce, á un lado por la línea férrea, á otro por la carretera de Panticosa, que sube penosamente, adornada de trecho en trecho con muros de mampostería, con malecones, con pilones formados en fila hacia los sitios de mayor peligro. El metálico tableteo de las plataformas de los puentes íios hace ver que pasamos sobre algún río de ancho cauce y corto caudal que afluye aparatosamente al Gallego; otras veces desfila el tren por altísima trinchera donde veis las incurables cicatrices de los barrenos; otras atravesáis éste y aquél obscuro túnel, que queda luego como jadeante, echando humo por la bocaza abierta y con la lengua fuera, que no. otra cosa parece la línea del ferrocarril. Poco antes de llegar á Jaca el tren nos deja en Sabiñanigo, donde infinidad de landaux aguardan á los bañistas para llevarlos á Panticosa. Nadie tose al bajar al andén, nadie se arropa, nadie quiere pasar plaza de tísico, y todos lucen en la cara los colores del frío como si fueran colores de buena salud. Acaba el tren y empieza e! coche; cesan los ruidos metálicos, las campanadas de las estaciones, el humo y la carbonilla de la vía férrea; se corre menos, pero es más poético y alegre el viaje entre el restallar del látigo, las interjecciones del mayoral y. el duro cascabeleo de los collerones. Mil pueblecillos y caseríos os salen al paso, unos en lo pi- ofnndo de SALTO D E L RIO AGTJALIMl IA los valles, otros en lo alto de las montañas, no hay modo de cansarse, porque el paisaje cambia á cada revuelta de la carretera. Nos d e t e n e m o s en Biescas para que el ganado descanse, y recorremos el pueblo, que se extiende á sus anchas por aquel dilatadísimo valle en dos grandes barrios que el río separa y que une un puente de madera. Las casas están construidas á la montañesa, con toda clase de precaucio nes contra la n i e v e grandes tejados de pizan- a en doble y rápida vertiente; chimeneas que parecen castillos, por donde sale la humareda de un fogón que es todo un incendio. De Biescas para arriba se encoge el horizonte; las rocas, cada vez más altas y más desnu- U. F U E N T E KUBYO SOBKB E L EIO A G U A L I M P I A