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4 í se celebran tradicionalmente rivalizaron en viva competencia para que l: i! fuera la más espléndida. Al efecto se organiüaron juntas, comisiones ¡j cómo no! listas f (le suscripción; los tenderos apuntaban cuidadosamente los donativos de las maritornes, contribuyentes también, y era de ver la fiebre y la actividad que presidían aquellos trabajos. Vecino había que no. descansaba pensando en el artístico, arco de follaje colocado á la puerta de su casa, y en el que se leía á la luz de artísticas lamparillas: Biha mi familia! Demetrio González, cuando no era un grito de acendrado patriotismo tal como ¡Ahajo el ma Ti í rroquí! pues entonces lucha empeñada teníamos con el moro. La gente se divertía de lo lindo, y era feliz dedicada á la noble tarea de hacer cadenetas (le papel con los folletines de La Correspondencia para adornar los salones donde se rendía culto á Terpsícore. O como decía aquella moza á otra que le preguntaba quién era Terpsícore. -u n a que ssYí wmclao. H a y aficionados recalcitrantes que no pierden una verbena ni el menor asomo de juerguecita, y antes dejaría la cartera de Hacienda Navarro Reverter que regresar, ellos á su domicilio sin el santo de barro, sin I- íí- ti? el tiesto de albahaca y medio kilo de torraos y avellan a s y eso cuando no se descuelgan con una monuMULOCOTO ES mental sandía que, recogida bajo el brazo, llevan en triunfo como si fuera la cabeza, de un renegado. Kecuerdo que una noche de verbena en los barrios bajos, cruzó por delante de nosotros un señor excesivamente rochoncho. Llevaba una sandía casi de su mismo tamaño, abuitada en la misma proporción, hasta el punto de que parecía un hermano suyo, por lo que sin duda una chula, puestos en jarras los brazos, con desgarrada frase le dijo: -i Vayan ustedes con Dios I Mi hombre se azaró, y la faz se le encendió toda; hizo ademán de volverse á la moza, y al volver la mano, la sandía cayó al suelo y comenzó á rodar por la cuesta de la calle, con gran contentamiento de todos los que habían visto una escena tan original. No se me olvida. Todavía veo á aquella mole correr tras el codiciado fruto con las mismas ansias que un guardia detrás de un ratero. Otro elemento indispensable: los señoritos chulos. Con el sombrero inclinado sobre la cara, el pañuelo cruzando el cuello de la camisa, la americana ajustada al talle, balanceando los brazos con jacarandosos movimientos como al que le 4 lA PEI 5 KTKK 0 DE A. CEITB EKITO tocan un pasacalle, pisando firme y hablando recio, porque así deben hablar los hombres curtidos en la vida, el señorito chulo se encamina á cualquier salón de baile de los de la verbena, entra haciéndose cargo del mujerío con una mirada, porque para eso tiene un golpe de vista como nadie, y después se dirige á la que le ha parecido más castiza, diciéndola: ¡Oiga mted, prenda! 6 ¿Fué ser? La mujer se sugestiona y no tiene más remedio que bailar con él, que, eso sí, baila como las propias rosas, grave y solemne, con una seriedad digna de mejor causa, como el que se hace cargo. Porque el señorito va á Ja verbena á eso; á él gue le dejen de puestos de rosquillas ui de pim, pa. r, i, pwn; él su bailecito do so- ROSÍiüILLAS