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nizados y dirigidos por Barbieri, y sobre todo en el teatro Kossini, donde cantaron excelentes compañías de ópera. Allí se manifestó en todo el esplendor de sn juventud y de su genio el gran Tamberlick, al que algunos viejos aficionados recordaban haber oído en el teatro del Circo cuando le tuvo Salamanca; allí se cantó por primera vez en Madrid el Fausto, desempeñando el papel de Mephistofele Vialetti, uno- de los mejores bajos que se h a n oído en Madrid, y el de Margarita aquella hermosísima Spezia, de alma verdaderamente de artista. Breve fué la vida de aquel teatro de los Campos Elíseos: en 1864 comenzó bajo la dirección de Barbieri, y en 1808 terminó bajo la del maestro Viñas; pero tan corta existencia fué brillante, y los aficionados la recordarán siempre on regocijo. Cerradas las puertas de aquel jardín donde no llegaron á crecer los árboles, no liabia niis recurso para pasar las noches de verano que volver al Prado, porque ni el Elíseo Madrileño, que estaba en Eecoletos, ni el Faraiso, instalado frente á la Real Fábrica de Tapices- eran sitios para la gente formal y seria, poco amiga del baile, á que allí se i- endía principalmente culto. El Prado conservaba por entonces el antiguo carácter, que ya h a perdido por completo; donde se alza el suntuoso edificio del Banco de España estaban el caserón de Alcañices, al que daban aspecto de palacio sus torrecillas; la iglesia de San Fermín de los Navarros, y las cocheras donde estuvieron instaladas algún tiempo las máquinas del famoso periódico Las Novedades. En el salón se conservaban limitados por sillas los paseos de l arís, Londres y 3I adrid, y debajo de los faroles que separaban el paseo de carruajes del do los peatones, se formaban las clásicas tertulias de la clase media madrileña, que no salía entonces á veranear como hoy lo hace, y que tomaba allí el fresco sin más dispendio del que ocasionaba el alquiler do la silla y algún vaso de agua con merengue ó azucarillo con que se regalaban las niñas. Fueron aquellos los últimos tiempos del vestidito de percal ó de chaconada bieii planchado y del volito bien prendido. Ni la escasez de la luz que alumbraba el paseo, ni las pretensiones de los concurrentes, daban lugar á mayor lujo, y los enamorados sabían arreglársív las de modo que les protegiesen las sombras, mientras dejaban el disfrute de la luz á las personas mayores, que solían leer y comentar las noticias de 1. a Correspondencia. La apertura de los Jardines del Retiro puso lin á aquella existencia paradisiaca Fué aquel suceso un acontecimiento para los madrileños. Del antiguo Ketiro, de aquel Real Sitio ameno y frondoso que comenzaba on la esquina del Prado y seguía hasta mucho, más allá de la puerta do Alcalá, se había conservado, al arrasar el sitio donde hoy se alza el palacio de Portugaletc y la casa ontigua, la parte que peiienecía al palacio de San Juan; pero pocos eran los que habían penetrado allí. El Ayuntamiento, dueño de aquellos jardines como de todo el Ketiro desde el triunfo de la revolución de Septiembre, se decidió á explotarlos, y sin hacer muchas obras, sólo u n paseo central y un kiosco para la música, un barracón con honores de teatro y algunas otras instalaciones modestísimas para café y tiro de pistola, abrió aquellas verjas, por donde entró complacido el Madrid elegante, al que no tardó en seguir la clase media. ¡Qué delicioso y qué fresco estaba aquéllo! Se había tenido mucho cuidado en conservar los árboles seculares, en quitar muy poco de la frondosidad, en conservar principalmente el aspecto de jardín, y la H A X D A U E R O JSSPOXTAIÍEO gente se encontró allí muy complacida, proclamando que aquello era el verdadero pulmón de Madrid para las noches de verano. Las damas aristocráticas, cuando cerraban sus salones por causa del calor, reunían allí á sus amigos, que formaban agradables corrillos; los hombres políticos encontraron el lugar muy agradable para instalar sus tertulias. I as hermosas y las elegantes encontraron ocasión de lucirse, los galanes de enamorar, y los Jardines se pusieron muy en moda, comenzando á ejercer su influencia en la clase media, que poco á poco fué desertando del Prado para lucirse en aquellos amenos lugares. Los padres de familia lo lamentaron sin duda alguna en el fondo de su alma, porque aquello les obligaba á mayores gastos, pues además de la pesetilla, ó de las dos pesetas las noches de concierto, que había lue pagar por persona para entrar en los Jardines, era preciso hacer mayores gastos para los trajes de las niñas. Allí no se podía ir sino con sombrero y con vestidos por lo menos de lanilla ó de batista y con muchos perifollos. Virginia Burriel, aquella espléndida hermosura de tipo árabe que brilló durante mucho tiempo en los salones de Madrid, fué de las últimas que permanecieron fieles a l a mantilla, luciéndola con sus admirables trenzas negras, adornadas con nardos, en los Jardines del Retiro; pero el sombrero triunfó allí por completo. La política se introdujo en el ameno recinto; el rey D. Amadeo de Saboya fué muy aficionado á los Jardines, á los que iba con frecuencia sin aparato ninguno, dando vueltas por el paseo circular sin m á s compañía que la de un ayudante, vestido como él de paisano, y sentándose modestamente en las sillas del público cuando se cansaba ó cuando quería dirigir sus baterías á algún sitio determinado; porque 8. M, (Píos le tenga en la gloria) era en cuestiones de amor digno hijo de su padre. Más de una beldad y más de dos de las que paseaban por los Jardines se señalaban como favoritas ó se daban aire