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a s manos sobre el estómago, que se le abrasaba en viva himbre, respondió: Corriente; para lo qiie hemos de vivir absnelta quedas de eso y de todo. Al cuarto de hora llegó el médico, viejo practicón que ya había asistido en algunos casos de intoxicación por setas. Venía pertrechado de emético y de éter, de esencia de tomillo y de ipecacuana. Apenas hubo visto á los enfermos, se le despejó el rostro, y hasta se sonrió. Envenenados están- -dijo; -pero no hay que asu. starse, porque poco veneno no mata. Como que tiré al cesto de la basura casi todas las setas, menos unas poquitas qiie freí por les cumplir el antojo respondió la fondista, respirando libremente y rebosando legítimo orgullo, como qi ien ha salvado, mediante u n rasgo de discreción, siete vidas humanas. Eestableeidos ya, al pronto los tres matrimonios se hablaban con cierto encogimiento, fríamente, lo mismo que si tuviesen atravesado algo en la garganta. Pero Chaveta, que había quedado desmejoradísimo desde la crujía, anunció que regresaba á Madrid, y con su marcha y la satisfacción de no haberse muerto, renació la alegría entre las parejas, que de allí á poco volvieron á merendar al bosque. EMILIA P A E D O DIBUJOS DE BAZAN CUENTOS BATURROS, POR GASCÓN ¿Cuánto renta el piso cuarto? -Quince duros. ¿Hay ascensor? -No, señor; pero hay entresuelo. -iXofíico! Miá qué liebre- -Anda, maño, pus tírale. Ay qué ridiós! ¿Pus no himos venío á coger codornices? lM C -it, fn -iOtra qué ¡Vaya uu, a gracia! Yo traje más, y no me queda un rial. -Chiquio, ¿qué hora traes? ¡Kinguna!