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ventar hagan su giisto. Vayase, señorito, y descnide, que yO las amafiaré con s i tocino y se las mandaré á la mesa. Pero confiésense antes por si acaso y avisen al escribano para hacer testamento. A la hora de la cena, después do los tiernos pollitos, que se deshacían como merengue en su lecho de guisantes, apareció en efecto un plato donde crujían aún las setas recién salidas de la sartén. Los expedicionarios, que ya casi ni se acordaban de ellas, las miraron con sorpresa y de reojo. ¡En qué poco se han quedado! exclamó Antonio, que había cosechado la mayor parte. ¡Si apenas hay! A pesar de esta observación y de la afición que todos habían jui- ado tener á las setas, ninguna mano se tendía hacia él plato: pensaban en las palabras de la fondista, y un involuntario temor les paralizaba, por (jue las setas, así fritas y encogidas, les parecían más siniestras que on el campo, esponjadas y leves, 1 ero como Juncia dirigiese á Manolo Chaveta una ojeada burlona, Manolo se decidió, y exclamando ¿ué buena cara tienen! se puso en el plato dos ó tres. Antonio imitó su ejemplo, y las señoras picaron también alguna seta con el tenedor. Al principio comían con cierta repugnancia, mascando lentamente aquel manjar sospechoso; por íin, el saborcillo del tocino les animó, y despabilaron- -entre cuchufletas y alardes de humorismo, y mofándose de las aprensiones de los indígenas, que desconocen las excelencias de los champiñón, -todo el contenido del plato. I a velada solían entretenerla leyendo periódicos y jugando al bézigue, y aquella noche no alteraron la costumbre; ma. s es fuer a declarar que las noticias no les intei esaron, y el juego menos. Perico, que era de esos guasones pesados y capaces de dar ictericia, animaba de vez en cuando la reunión con frases de este jaez: ¿Han hecho ustedes examen de conciencia? ¿Conocen ustedes aquí algún cura de confianza y aseadito, para eso de la Extremaunción? hasta que su jimjer, Estrella, iina morena imperiosa, le soltó u n furibundo rapapolvo, mandándole á la cama. A las once se retiraron todos, no sin que Clara dijese á Lucía en tono agridulce: Te noto muy jnal color y Lucía respondiese, mordiéndose los labios; Yo te lo notaba á ti, pero no quería decírtelo por no asustarte. Las doce menos cuarto serían cuando Estrella o r i d a y en enaguas, pidiendo ersona con quien tropezó fué) y en mangas de camisa, que o la luz de una bujía ardien Del ouai- to salían desgarradores a y e s eshalados por Clara. E n cinco minutos se alborotó la fonda, y empezó el bui- eo, el trastear en la cocina, el ir y venir del sei vicio, las preguntas de los d e m á s huéspedes que se despei taban. ¿Qué pasa? ¿Arde la casa? No; esos de Madrid, que se han ajumado hoy más que otras vecesy, decían los bañistas locales. ¡Quiá, si es que se lian envenenado con setas; se empeñaron en comerlas, y por fuerza hubo q u e freírselas! explicaba el criado descolgando del perchero la boina para correr á avisar al médico, mientras la fámula volaba á turbar el sueño del boticario. Parecía cosa de magia: los siete expedicionarios advertíanlos mismos síntomas, el mismo horrible cólico, el mismo frío sudor. Los mat r i m o n i o s procuraban auxiliarse, mientras el soltero. Chaveta, se retoi cía solo en su angosto lecho. Cuando los dolores dejaban algún intervalo, los enfermos se increpaban. Yo b i e n dije que era una locura comer esa inmundicia. ¡Maldito sea quien la trajo á c a s a! gemía Antonio, olvidándose de que la había recogido él en persona. Y como cuando se sufre las horas parecen interminables, y el médico tardaba y los remedios también, las tres parejas creyeron definitivamente llegado su trance último, y pensaron, como se piensa en el vencimiento de u n a letra, en que era forzoso presentarse ante el Sumo Juez. Clara, temblorosa y con los ojos extraviados, echó los brazos al cuello del moribundo Juan y le dijo al oído no sé qué cosas, á las cuales respondió él con voz desmayada y tm- bia: Sí, hija, te perdono, y ojalá nos perdone Dios. Por su parte, Lircía, con supremo esfuerzo, se arrodilló delante de Antonio, y murmm ó gimiendo algo que su marido no la dejó terminar, antes la alzó exclamando afligido: Basta, querida, todos tenemos nuestros pecados E n cuanto á Estrella, acostumbrada á tratar á Perico militannente, se contentó con decirle entre dos bascas: Tus Iji omas sobre Chaveta te... tenían fnn fundamento. Absuélveme en seguida, que... que estoy agonizando. Y Perico, crispando r