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sus caños en nna ancha pila destinada á abrevadero del ganado. A uno de ellos, al qne llegó casi arrastrándose, tnvo pegados los secos labios muchos, muchos minutos. Después lavó cuidadosamente su herida, la vendó como pudo con unos harapos sacados de la mochila, y se sentó en la informe escalinata que por uno de los lados daba acceso á la fuente. Tan aliviado se sintió con aquella doble operación, que ya por nada en el mundo hubiera dado aquella crní! cosida sólidamente al raído paño de su capote. Lejos de con fuerzas se sentía para repetir cien veces Tas de Austerlitz. IIÍ lel momento la luna, que espesos nul) arrones habían tenido oculta, asomando su pálida y redonda cara entre un jirón abierto por el vien- to, iluminó la plazoleta con una r claridad casi diurna. La Casa- Ayuntamiento había padecido de un modo horrible. Sobi- e todo el I: alcón holeado, principal ornamento de sn faithada, acribillado por todos lados por la metralla, s lo parecía mantenido en pie por un milagro de equililjrio. Pero lo que fijó la atención del sargento IIibón no fué aquéllo. La bandera española, mal amari- ada á los hierros que los proyectiles habían r torcido caprichosamente, enseñoreándose sobi e el águila que le había guiado en cien combates, y que ahora yacía pisoteada entre el polvo, era un insulto hecho á la inmarcesible gloria de aquel emperador que le liabía condecorado sobre el campo de batalla, al gran ejército que era su sola, su adorada familia, lo único que él tenía por digno le res. peto, en la tierra y fuera de ella Con un vigor que ha ía unos momentos ni sospechado hubiera, se lanzó hacia aquel símbolo querido, imprimió en él sus labios eoii el respetuoso amor con qne se besa la reliquia santa, y la alzó c; on el brazo derecho. El izquierdo le pendía rígido y pesado á lo largo del cuerpo; pero no importaba. Aferrando el asta con los dientes, le bastaba el derecho para encaramarse al balcón y arrancar de él aquella bandera aborrecida para sustituirla por la que debía ondear no allí, sino sobre todo el orbe. Y lo hizo, ¡vaya si lo hizo! A pesar de ios agudos dolores que le producía el movimiento, trepó por la juntm- a de las piedras y llegó con la mano basta el barandal del balcón. Pero allí tuvo una visión horrible. L na vieja ubierta de harapos, horriblemente desgreñada y más semejante á engendro creado por la más calenturienta de las pesadillas que á ser humano y real, apareció en el balcón asiendo con la mano sarmentosa el palo de la enseña nacional y escupiendo á la faz del sargento estas palabras: -No la arrancarás, no. Mis hijos, mis nietos, todos los míos murieron haciéndoos morder el polvo por defender este guiñapo con su sangre, y yo no he de ser menos. ¡Sube, si te atreves! El francés, sobrecogido un momento, sonrió con lástima y se dispuso á continuar su ascensión. Pero la viej a, como si se sintiera reanimada por una fuerza sobrenatural, de tal modo zarandeó el balcón, que á éste se le vio vacilar sobre sus resentidos basamentos. Hibou sólo tuvo tiempo de gritar con toda la fuerza de sus pulmones: ¡Viva el Emperador! Media fachada del Ayuntamiento se vino al suelo, sepultándole sobre un alud de pedriscos. La pobre vieja se hizo entre ellos cien pedazos el cráneo; pero su mano no soltó un momento la bandera, cuya asta, clavándose al caer entre los esconrbros, dejó que el adorado jirón de tela qne representaba la patria siguiese ondeando ál viento en aquella noche de luna. ASÜ. 1 CÍ. K. DllUI, I S DE MÉNDEZ BRINGA CHAVES