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¡Un síncope! dijo. Ya sabía yo qne este enfermo está grave A ver, nna sei- villeta, el cuchillo de la cocina, una jofaina- ¿Le va usted á matar? preguntó la doméstica alarmadísima. -yo; vamos á ver si podemos abrirle la boca para que no se ahogue. E n aquel momento yo volvía en mí, y por poco me muero del susto al ver al doctor blandiendo el cuchillo en la mano diestra y apoyando la siniestra en mi garganta. Después de escribir ocho ó diez recetas y de llamar aparte á mi familia para decirla que era muy probable que yo me muriese entre ocho y ocho y. media de la noche, el doctor se fué con el rostro avinagrado y la mirada mortecina. Y no varió de actitud durante los tres días que estuvo asistiéndome. A mí ya no me dolía nada; antes al contrario, sentía u n gran deseo de salir á la calle y de cojner de todo, y hasta de dedicarme á la bicicleta; pero el doctor exclamaba con fúnebre acento: ¡Mucho CTiidado! Ivada de alimentación ni de ejercicio. Procure usted conservar siempre la misma postura para que no sigan rompiéndose los vasos sanguíneos. ¿Se me han roto muchos? preguntaba yo. -Pasan de doce. Un día, harto de niedicinas y de vaticinios lúgubres, salté de la cama y me fui á los toros. Cuando llegó el doctor á mi casa y supo que había salido á paseo, despiiés de haber arrojado por el balcón nna botella de dos litros de cocimiento y tres cajas de pildoras y otras tres de poma la verde y dos docenas de sanguijuelas vivas, comenzó á decir que él se lavaba las majios y que yo dejaría de existir de un momento á otro. No he dejado, conro ustedes ven, pero estoy decidido á moriniie definitivamente antes de traer á mi casa u n médico triste. Si m e dan á escoger, pi eflero qne el doctor sea como uno que asistió á la señora de Cachiano. Aquél entraba en la alcoba cantando el pasodoble de El tambor de granaderos, y en seguida cogía una servilleta y se la ataba á la frente pai- a provocar el regocijo de la enferma. -Vaya, ya estoy convertido en cocinero, gritaba. Ahora voy á hacer albondiguillas. ¿Por dónde quieren ustedes que empiece á cortar? Y cogía un brazo de la enferma y lo limpiaba con el pañuelo, fingiendo que se lo iba á amputar j á hacer después picadillo. Cuanto más triste estaba el señor de Cachiano, más se reía el doctor. ¡Hombre! ¡No sea usted tonto! Esta señora no tiene nada. Un tnmor interno en el vientre. Y eso ¿qué es? Ea, que se levante y se vista y se vaya con usted á las Ventas del Espíritu Santo á correr nna. juerga. ¿Saben ustedes quién se casa? El general líspartcro con la Cibeles. TaraH, tararí, pi, pi. líl Sr. Cac; hiano tuvo que echar de casa al doctor para que no volviese loca á aquella desgraciada familia y para poder conservar el mobiliario, pues el doctoi en vez de recetar, se sentaba en las mesas ó se subía á las sillas ó se tumbaba de espaldas sobre el sofá del gabinete. MM o; í -m -1 oC A tor; lo que debemos desear todos es que no haya necesidad de avisar á ninguno. o oJj DIBUJOS DU M E C A C H I S