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NI TRISTES NI ALEGRES Antes de llamar al médico, procurad ¡oh lectores! conocer su carácter. Hay médicos tristes como cipreses, y médicos regocijados y bulliciosos como castañuelas. Cualquiera do los dos os proporcionarán disgustos. Yo tuve un ligero dolor de ríñones no hace muchos días, y mi familia, que se alarma por cualquier cosa, pues teme, y no sin fundamento, que el día de mi muerte será el último de alimentación, fuese en busca lel médico. ¿Es aquí donde reclaman los auxilios de la ciencia? preguntó con acento solemne el doctor Ahogavidas, dirigiéndose á la criada. -Sí, señor, aquí; pase usted, contestóle ésta. El doctor hizo su entrada en mi alcoba con paso majestuoso; acercóse á mi lecho, jnísose las gafas y comenzó á 1 1 t w i -Dolor en los ríñones. -Malo. ¿Advierte usted dificultad en la respiración? ¿Nota usted cierto desequilibrio cerebral? ¿Ha escupido usted sangre coagulada? ¿Le duele á usted el bazo? -No, señor. -Bueno. H a y lesiones que no salen á la supei- ficie ni ofrecen síntomas claros, y la lesión que usted padece es una de ellas. Necesito conocer los antecedentes de usted. -Piies yo soy de Vigo, hijo de padres pobres, pero honrados; estuve en relaciones año y medio con una señorita que me dejó por un teniente- -No pregunto nada de eso. Necesito saber si tiene usted humor- -Si, señor; suelo estar alegre, á pesar de lo caro que se h a puesto todo. -Quiero decir si tiene usted humor herpético. -Lo ignoro. -Indudablemente, usted es herpético. Bien; voy á darle á usted un cocimiento para los ríñones, y luego una untura para que se la beba usted en dos veces; digo, no, el cooimiento es para beber, y la untura para untarse. Si con la untura no desaparece la cosa, h a b r á que hacer una operación. ¿Grande? -Si, bastante grande; es decir, ancha; habrá que abrir unos diez centímetros de vientre. ¿Nada más? dije yo; y m e desmayé de espanto. El doctor arrojó la caña de ludias que llevaba en la mano, remangóse las mangas del gabán, y se lanzó sobre mí como si fuese á estrangularme.