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Le aseguro á usted- -dijo al interrogarle yo- -que á veces, á pesar de lo encariñado que estoy con el niño y de lo bien que á mi lado estudia, m e dan ganas de mandarlo al África otra vez, á nuestro Colegio. ¡Se pasa el invierno empalmando catarros y tiritando! No hay fuego, no hay abrigo que le baste. Le nieva en las venas; crea usted que sí. Pero ya se ve, les tomamos ley á estos poVirecillos Al decir así el obispo miró á Carbón, y éste, por una percepción de su vehemente sensibilidad, más viva acaso en las razas incultas, comprendió de lo que se trataba, tomó carrera y vino á recostar la frente en el pecho del apóstol, á la altura del corazón (porque Carbón era chiquito) como si gritase: iNo qiriero separarme de ti. Había en el balneario muchos niños, algunos de la misma edad de Carbón, otros más pequeños, que corrían por el jardín retozandg y llamándose al través de los macizos de arbustos. Carbón no estaba excluido de los juegos; hasta se le acogía bien. Él era ágil, forzudo, complaciente, y sin duda por alguna misteriosa ley atávica á que obedecía sin darse cuenta d e ello, se prestaba siempre á llevar la peor parte, á pandar, á ser gallina ciega, á todo lo que no querían hacer los niños blancos. Quizás por esto mismo, ó por otras razones que demuestran la innata malignidad é ingratitud del hombre, terminado el juego, los chicos no hacían pizca de caso de Carbón. No era que le rechazasen, sino que pi escindían de él, como se prescinde del perro amaestrado así I Y e: dose á servir de pandóte con tal de verse rodeado, de que no le abandonasen, de que no se rompiese aquella solidaridad fortuita. Pero cada cual se iba por su lado; las niñas, especialmente, se apartaban cuchicheando, desdeñosillas, muy púdicas. Carbón las seguía con los ojos tiernamente, discurriendo qué podría ser- las agradable, dónde encontraría flores para juntar un ramilletito y obsequiar á aquellas criaturas de distinta especie que él, destacadas sin duda del coro de los ángeles, puesto que eran blancas y rubias y de labios diminutos ¡de un carmín t a n lindo! Un día encontré á Carbón empuñando un haz de rosas, y más cabizbajo qne nunca. ¿Para quién son? -le pregunté acariciándole el lanoso pelo, como acariciaría á un perrillo. Se las doy. -me contestó evasivamente. ¿Que me las das? Mil gracias; sólo. que no eran para mí, tunante. Gran carcajada repentina de Carbón, promovida por el calificativo. Pues no, que eran para Julianiña y para Concha No las quisieron, y Concha m e pegó con la sombrilla ¡así! Y Carbón volvió á reírse, celebrando la gracia del sombrillazo. Y tú, ¿lo sentiste mucho? Ya me pasó. ¿Volverás á ofrecer rosas á las chiquillas? Hoy no, ni mañana; cuando abran los capullos que quedan en el rosal. ¿Tú estudias para cura, Francisco? -pregunté deseando sorprender algún ensueño de aquel alma primitiva. ¿No te gustaría ser como el señor obispo, que bendice á todos, y volver á tu país predicando, y decir misa con una casulla de seda? Carbón alzólos ojos, y orguUosamente contestó: Quiero ser militar. ¡Militar! -dije sorprendida. Sí, señora; militar y m u y bueno, muy bueno. Vamos, ¿muy valiente? Muy valiente y muy bueno porque también hay santos militares. ¿Y para qué quieres tú ser santo? Para ir al cielo porque en el cielo -y aquí Carbón se echó á reír con tal fuerza que se le saltaron las lágrimas- en el cielo, Francisquifio será blanco En el cielo son blancos todos! Al año siguiente, el obispo de l i volvió al balneario, pero sin su negrito. Cuando le pregunté por él, suspiró hondamente. Culpa mía- -murmuró- -que debí enviarle al África; sino que ya se ve, después de que á una criatura de Dios la sacamos de la idolatría, la traemos á casa, la enseñamos, la cuidamos se nos pega á las entrañas. Nada; no pudo luchar con el frío del invierno en el Alemtejo. U n a pleuresía Y en la cara del obispo se pintó el sufrimiento. ¡Pobre Carbón! -exclamó. Ahora ya será blanco ¿No se acuerda, señor obispo, de que decía él que en el cielo se volvía blanco todo el mundo? Consolado con la idea de la bienaventuranza, el apóstol soni- ió y exclamó persuasivamente: ¡Es verdad! EMILIA DIBUJOS DE F E D E K I C O PARDO BAZIN