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Aguardábanse con impaciencia las declaraciones que varios notables caudillos dei) ían bacer en el Senado español respecto á la guerra de Cuba. ¿Quiénes más indicados para poner en autos al país que los insignes generales que han guiado hacia la victoria á nuestros soldados y han peleado con ellos frente al enemigo? -Estos sí que van á decir la verdad, y no esos corresponsales de tres por un cuarto, exclamaba un asistente á la tribuna pública. -K o lo creas, respondía otro asistente; en cuanto se levanten los entorchados, no vamos á oir más que generalidades Claro es que el dicho de dos asistentes poco cuidado debe dar á los generales; mas, para el caso, háganse cuenta Sus Excelencias que todos hemos sido asistentes, porque todos hemos llevado la cesta. Si los generales se traían sus discursos embotellados, forzoso es declarar que el líquido h a perdido mucho en la travesía. Señores oradores, ¡hay que tirar el casco! y claro es que me refiero al casco de la botella. Si los traían en conserva, conste que se han evaporado en el camino, porque el público no ha visto más que la lata. De todas maneras, siendo tan largo el viaje, no es de exti- añar que á tan ilustres senadores, como al chico de marras, se les haya olvidado el cuento en el camino. ¿Qué remedio? Hay que hablar de todo, y hay que hablar, por consiguiente, del taller de plancha que con tanto éxito ha funcionado en Madrid durante la última semana con motivo de la soñada alianza internacional, que muclios políticos y órganos liberales tomaron en serio con la purísima candidez del más inocente y perfecto progresista. Y perdónenme éstos si les ofendo, porque de seguro ninguno de los milicianos con morrión y caponas que celebraron el martes la fiesta del 7 de Julio pensó ni por un momento irse á dar vivas á Francia, y mucho menos á Rusia, ni aun á la establecida en Madrid Moderno. Días hubo, sin embargo, en que parecía que franceses y rusos llegaban con los brazos abiertos por las Ventas de Alcorcen. Corramos un velo sobre ese taller de plancha, tan pronto abierto con gran entrépito como cerrado con cauto sigile. porque bastante trabajo es ese de estar aplanchando una camisa días y días, para resultar luego que tiene once varas y que no nos la podemos poner. iLástima de almidón, de brillo y de azuletel Y basta ya, porque quienes hicieron ese trabajo, por lo mismo que no están acostumbrados á él, deben andar atufa dos todavía. L U I S ROYO VILLANOVA DIBUJOS DE CILLA