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cerdote, por no matar en flor sus más queridas ilusiones. Por otra parte, los chicos siempre habían demostrado estar muy contentos con su destino. Ya de sobremesa, D. Sebastián dirigió á éstos una á manera de plática ó exhortación. Encareció las excelencias y dulzuras inefables de una vida consagrada al Señor, llena de todas las virtudes que encaminan á la salvación del alma. Todos oían con religioso silencio. Ya muy entrada la noche, la reunión empezó á disolverse, retirándose todos para el descanso. Cuando solo quedaron los individuos de la familia, el párroco dijo á sus sobrinos: -Vaya, hijos míos, despedios para mucho tiempo. Cuando volváis á veros estaréis en un nuevo estado ó muy cerca de él. Joaquín y Carmela se lanzaron el uno en brazos del otro; ella, sollozando profundamente; él pai- ecía sereno, pero se ahogaba de pena. Sonaron dos besos. -Adiós, Carmela. -Adiós, Joaquín. No se dijeron más. -Estas despedidas siempre tienen algo triste. ¡Ah flaquezas humanas! decía D. Sebastián. Quedaron solos al fin él y Carmela, que no podía separar el paíiuelo de sus ojos, ni acababa de lanzar gemidos de su pecho. -Valor, hija mía, serenidad, decíala cariñosamente su tío. ¿Qué significa un lazo de la infancia enfrente del amor de Dios? Joaquín no se había acostado. Solo en su dormitorio, con la luz apagada y con la ventana abierta de par en par, era presa de lucha espantosa; sufría como no hubo sufrido jamás. Respiraba el aire fresco de la noche, una noche de Septiembre con sus estrellas que tachonaban los lejanos cielos, sus céfiros mansos que levantaban solemne susurro en la alameda sombría. Clavaba sus ojos en el obscuro horizonte, en aquellos canapos en cuyo silencio iban á quedar sepultados para siempre sus más queridos recuerdos. Ilusiones sin fin poblaron el espacio, tantas como horas habían transcurrido de su vida. Ahora las veía como eran, bellas y seductoras, llenas de promesas incumplidas; traían sudarios fúnebres y le decían: ¡Adiós, adiós! Desde el corazón á los labios, una caricia de indecible arrullo le envolvía con la tristeza de lo que se ve por última vez, y aquella caricia se llamaba Carmela; tenía el timbre de su voz, la luz de sus ojos y la miel de sus labios. Todo lo había sentido y saboreado purísimo, aunque con la rapidez del relámpago, en el ardiente abrazo de despedida. E n t a n breve espacio había creído comprender que aquellos ojos que le miraban y aquellos brazos que le oprimían le habían dicho: No te vayas. Y esa idea, según las horas pasaban, le invadía con tenacidad. Llegó u n momento en que, febril y ansioso, ya no vio más que á ella. La venerable figura de su tío el párroco, sus promesas, los santos padres, todo desapareció ante la luciente imagen de la llorosa niña. Súbitamente salió de la habitación, llegó á obscuras hasta el portal, y con mil precauciones le abrió, saliendo á la calle con ánimo esforzado. E r a feliz; se sentía ufanado de su atrevimiento, como caballero andante al acometer su primera empresa. Miró á todos lados; no había u n alma; todo era silenT ció, y á pocos pasos vio destacarse tranquila y blanca la casa rectoral. Se dirigió á la i eja del cuarto de Carmela, y golpeó suavemente en los vidrios. No me oirá se dijo; pero ¡ay, qué alegríal no había acabado de hacerse esta reflexión, cuando silenciosamente se abrieron las vidrieras, y la claridad de una figura apareció entre ellas con los esplendores de mil mañanas de sol. ¡Carmela! ¡Joaquín! Estos dos nombres se cruzaron como dos besos en el aire. Ella temblaba, y él quedó no menos tm- bado. J a m á s se habían visto de tal modo, que era para ellos la revelación de una nueva vida. tspi ¿Me esperabas, Carmela? -Sí. -Yo vengo á decirte, Carmelica, que no puedo ni podré nunca vivir sin t ni A. -Ni yo sin ti tampoco. ¿Por qué no me lo dijiste anoche? -t -Porque eso debías decírmelo tú. Los dos se iniraban con dulcísimos ojos; Carmela lloraba de ternura infinita. El amor de los dos se desbordaba á torrentes en la penumbra silenciosa, sin encontrar palabras que nadie ha inventado todavía para expresar los grandes momentos del corazón! -Perdóname, perdóname, dijo el enamorado mozo; si yo hubiera sabido que tú m e querías también yo hubiera hablado anoche. ¡Vaya una fe que tenías en mí! ¡Ingrato! Anda, vete, vete al seminai io. La coquetería empezaba en Carmela con el amor. La más púdica doncella lleva siempre oculto el cintillo de las Gracias que ciñeron á Venus las Horas. Joaquín sintió vértigos. A los primeros rayos del sol, que ya se despertaba en su lecho de Oriente, vio á la hermosa muchacha encendida como la aurora y sonriente. Apretaba con sus nerviosas manos los hieri os de la reja, y murmuró sonriendo: