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Cuando Carmela iba al convento de Carmelitas que había á tres kilómetros del pueblo, quedaba encantada de aquella paz dulcísima y del cariño de las buenas madres. ¡Qué bueno debe de ser estar aquíN se decía. Y luego comunicaba sus pensamientos á Joaquín, que parecía estar conforme en un todo con ellos. Sólo un día le ocurrió decir: -Pero si te raetes monja, no nos veremos casi nunca. -Sí, hombre, porque como tú serás cura Los curas pueden entrar en los conventos. -Sí, es verdad, dijo Joaquín algo seriecillo. Y además mira, añadió Carmela dando palmaditas, tú puedes ser el capellán de mi convento, y así nos vemos todos los días. Esto pareció dejar más satisfecho al chico, y continuaron con el mismo fervor de abandonar el mundo y consagrarse á Dios, con grandísimo contentamiento de su tío D. Sebastián, que esperaba con toda seguridad ver sazonada y llevada á efecto, pasados algunos años, tan hermosa determinación. -fi Y los años pasaron. Joaquín había cumplido ya dieciocho, y Carmela diecisiete. El chico había aprendido eojicienzudamente el latín con su tío, y estaba además en posesión de otros conocimientos que habrían de facilitarle mu cho los cursos del seminario, donde inmediatamente iba ndido algunos latines en materia de oraciones y rituales, iba á ser enviada, para completar una buena preparación para el noviciado, á un colegio servido por monjas de la próxima capital. Como se ve, la vocación de los chicos había ido en aumento, y tiempo hacía j a que el párroco la había sancionado con toda seriedad. Había preguntado á su alma angélica si aquella vocación era verdadera, y su alma, que con las alas extendidas flotaba siempre en puras atmósferas y era incapaz de descender á profundidad alguna, le respondió que era verdad lo que veía, y no preguntó más. Por otra parte, los muchachos, muy formales y decididos, habían tomado la cosa á pecho. Tenían, como si dijéramos, la sugestión eclesiástica y un temor grandísimo ante la sola idea de que pudieran contrariar los deseos de aquel santo varón. Hacía mucho tiempo, desde que empezaron sus estudios para el caso, que no hablaban entre ellos, como antes, de su futura vida de convento y de sacerdocio. Gustaban del campo y del sol como nunca, y más que nunca también llevaron flores á la virgen del agreste santuario. Allí permanecían breves momentos, y luego corrían locamente por trochas y praderas, trepaban á empinados riscos, gritaban y cantaban con insaciable ardor, con un amor á la naturaleza como no lo habían sentido jamás. La naturaleza correspondía á su amor pródiga. Joaquín y Carmela estaban robustos y hermosos. El vigor de la juventud se desbordaba á torrentes poderoso y enérgico, conservando niños á aquellos dos seres que eran ya u n hombre y una mujer. Era la víspera del día que se fijó para la partida de Joaquín, que iba á ingresar en el seminario. Por la noche se reunieron en solemne cena toda la familia y algunos amigos de su confianza y afecto. D. Sebastián, grave en apariencia y plácidamente alegre en el fondo, llevaba el peso de la conversación, en la que los demás no tomaban mucha parte. Los chicos no hacían más que contestar alguna que otra vez á su tío. Los padres del futuro tonsurado no podían ocultar la tristeza que les causaba la supuesta vocación de su hijo por la carrera eclesiástica, sobre todo el padre, que había creído adivinar en el muchacho otros deseos y otras aspiraciones. Pero nadie osaba contradecir al seráfico sa-