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LA VOCACIÓN f- V- íí- í i. lUiJJUiltí ¿ti ESLlUtílUUCiO. Su bondad era lo que más resplandec: ía. Sn consuelo llegaba siempre el primero al lado del dolor y se derramaba como bálsamo sobre la herida abierta por el infortunio. Su modesto patrimonio estaba á disposición de los necesitados, y sin él hubiera quedado en poco tiempo á no haberle ocurrido la idea de que entonces no hubiera podido socorrer á los demás. Su severidad se templaba con una prudente tolerancia, y no descargaba el rígido anatema á cada instante, sino que en el pulpito y en el confesonario exhortaba enérgico, pero reposadamente, para el buen cumplimiento de los deberes en esta vida para vación en la otra, procurando llegar al corazón, excitando sus fibras más sensibles y teniendo en sus labios más la pal. i bra misericordia que la de castigo. Así, D. Sebastián, que éste era su nombre, vivía feliz, cC i toda la felicidad posible en esta tierra pecadora, valle de hi grimas y otras muchas cosas más. En esta dicha brillaban como dos estrellitas resplandecien tes dos sobrinos, Carmela y Joaquín. Carmela quedó huérf: na de padre y madre desde los dos años, y su tío quedó (v hecho como segundo padre de la niña; Joaquín no era huérf- i no, pero venía á hacer media vida con su respetable tío. Si: educación corrió también á cargo del cura de Villapérez, que afortunadamente halló en Joaquín materia propicia para que en ella florecieran las más puras enseñanzas y los más delicados sentimientos. Los dos primitos, que vivían como buenos y cariñosos hermanos, alegraban el venerable hogar del cura como dos rayos de sol. Los miraba con entrañable cariño y hasta con éxtasis cuando pensaba en los futuros destinos de los muchachos, que ya creía adivinar en las aficiones de los mismos, que no á otro fin que al de la vida de la Iglesia parecían encaminarles. T Los chicos oían diariamente la misa que su amado tío celebraba, y Joaquín muy pronto en ella le ayudó. Sus juegos tenían casi siempre el mismo objeto. Joaquín se vestía casullas y sobrepellices, y hasta predicaba sendos sermones, que tenían por todo auditorio á su prima, que imas veces Je oía de rodillas y otras brincando de gozo y riéndose á carcajadas. Llevaban con frecuencia ñores á una virgen que tenía su santuario en la falda del monte, y todo se les volvía decir que él quería ser cura y ella monja.