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A OCHO DÍAS VISTA ¡Swperabül- Ei traje del señor ministro. -La fábula de la lechera. El estanco de la sal. -Una estatua de lo mismo. -El mono de la Huerta y el mico del Tesoro. -La alianza franoo- hlspano- rusa. Reclamaciones norteamericanas. -El cónsul Lee. Los nudillos y la badila. -Kl licenciado Vidriera en el Congreso. -Templando gaitas. El ministro de Hacienda, vestido de pontifical y volviéndose ceremoniosamente hacia los fieles, ha gritado en latín: ¡Superabit! como ciuien dice: Ite, misa est. ¡Deo grafios han contestado los acólitos de la mayoría. y el público h a desfilado silenciosamente, sin pararse á ver por dónde entran las misas actuales ni de dónde saldrán las sucesivas. En medio del horrible y desconsolador pesimismo que como losa de plomo carga sobre íoda la vida pública, no puede menos de ser bsonjero y halagüeño en grado sumo este optimismo adorabJe de D. J u a n Navarro Eeverter, que días antes de celebrar su santo celebró la fiesta onomástica de la Hacienda española leyendo unos presupuestos del Estado q u e son todo u n idilio mágico y enternecedor. Mariano de Cavia, en u n a de sus Chacharas inimitables, pintaba al ministro de Hacienda con su traje regional, vestido de zaragüelles, tocado de zorongo y llevando en l a diestra la garrafa del horchatero a m b u l a n t e donde estaban colocados á remojo los flamantes presupuestos. Sin quitar á. éstos la mojadura, yo me permito transformar la garrafa en cántaro y colocarle sobre la cabeza del señor ministro de Hacienda, poniendo en labios de éste la conocida fábula de la lechera, pues no otra cosa sino brillante paráfrasis de la popular composición son los presupuestos leídos en el Congreso la otra tarde y comentados ya por toda la prensa, aunque no por el tío Paco, que es al cabo y al fin quien ha de arreglar nuestra Hacienda, como otro tío, el Sam, se propone arreglar nuestros asuntos exteriores. Si no existiera la calva del señor ministro habría que inventarla, porque l a imaginación popular n o comprende sino calvo y m o y calvo á quien tales y t a n trabajosos primores ha logrado sacar de su cabeza. -T diga ustedj preguntaba u n diputado de la mayoría tardo de oído, ¿qué misterioso resorte ha encontrado el ministro del ramo? ¿qué mina ha descubierto? ¿qué martingala ha preparado para encontrar ese delicioso Superabit, bicho t a n raro y fósil en Sirsr i S S nuestra Hacienda como el megaterio en nuestra fauna? -Pues todo ello estriba, amigo mío, principalmente en el estanco de la sal. ¡Tiene salero! ¿Que si lo tiene? Gomo que si la sal se estanca, lo primero que habrá que estancar es al señor ministro de Hacienda. P a r a que toda nuestra salvación se cifre en el estanco, prorrógase además el contrato existente con l a Compañía Arrendataria; de suerte que con u n polvo de rapé y otro polvo de sal, ha conseguido el actual ministro lo que otros no lograron desamortizando, como Mendizábal, bienes mostrencos; ó vendiendo montes, como Camacho; ó descubriendo, como D. Germán, riquezas ocultas. A eso don J u a n se atrevió, y escrito en ese papel está c u a n t o consiguió; y lo que él allá escribió, mantenido está por él. Si no fallaran los cálculos del señor ministro, sería cosa de erigirle u n a estatua. Y claro es que l a estatua habla de ser de sal, como la bíblica efigie de la mujer de Loth. Con lo cual los contribuyentes españoles irían n o y a á besar, sino á lamer el pedestal del ministro de Hacienda. Y perdonen los contribuyentes que les compare con el ganado, pues c g a n a d o aquí no quiere decir sino lo contrario de perdido Lo único perdido aquí habrá sido el famoso mono que u n semanario satírico atribuye al presidente del Consejo.