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Pasando por alto, de puro sabidos, los preliminares de la lidia, y sin fijar nuestra atención en las barbianas hijas de esta tierra que desde palcos y contrabarreras desafian al sol con el m i r a r de sus ojos, no paremos mientes ni oídos en los gárrulos sones de la música, ni en los destemplados gritos de los vendedores, ni en los roncos y entusiásticos ¡oles! de la sugestionada y delirante muchedumbre. Despreciemos asimismo el efecto q u e produce el terrible y formidable ¡ebü! q u e profieren m i l bocas llenas de terror cuando advierten el inminente y seguro peligro que corre el diestro al caer entre los ensangrentados cuernos de la irritada fiera, y distraigamos la atención, como ooea pueril y baladí, del espectáculo que ofrecen las tres potentísimas muUUas que arrastran á doras penas el cuerpo inerte y bamboleante del toro en medio de u n a tempestad de redoblantes aplausos, que semeja el temblor de hirviente catarata ó el ruido del alud que arrasa y asuela u n a comarca. Observad ¡oh almas viriles! que por el portón del arrastradero asoma u n picador apercibido para c o n t i n u a r la lucha, y el caballo sobre que cabalga es el Lucero. Ved á Luis en asiento de barrera, roneo, amoratado, borracho. Ved que la estupidez y la i r a se pintan en su semblante al divisar á su Lucero montado por u n hombre que recuerda por sus trazas al mono sanguinario, al feroz gorila. Oid cómo aulla Luis, cómo apostrofa, cómo insulta al t r a s u n t o de hombre aquél, que en tal momento no tiene ojos, n i oidos, n i alma sino para la puerta del toril, por donde sale disparado un toro que b r a m a de coraje al sentir el acicate con que le obligan á entrar en la pelea. El capote de los peones procura quebrar al toro para quitarle la pujanza en la primera arremetida. El gorila, pálido bajo la negra corteza de su cara, se vale de añagazas y cobardías para disimular la jindama que le embarga. Castiga de la boca al caballo para que no entre en suerte. Finge que le tapa los ojos, y obligado por fin por los denuestos, aullidos é imprecaciones con que le azota la frenética muchedumbre, e t t r a al cabo á la. carrera, cuarteando, huyendo el bulto, á traición. No obstante, el choque es formidable. La vara salta he cha a s t I. I i in li. i í íSt rra. yci- i V i- í dos el caballo, el picador y el toro. De aquella masa informé y abigarrada surgen estribos, correas, intestinos y sangre. El toro recargo, el caballo muerde con rabia y dolor, el picador se aniquila, mientras que la ñ e r a arrastra en su furia á sus contrarios hasta la próxima barrera, donde el pobre gorila queda á pecho descubierto. Con l a rapidez del rayo lo divisa el toro y lo engancha con rabia y valentía, partiéndole el pecho de u n feroz hachazo; y cuando, más compasivo que los hombres, quiere rematarlo, el capote del matador le libra de u n a nueva arremetida. Mientras tanto, el pobre Lucero se defiende ansiosamente con los estertores de la agonía que no acaba. Los monos sabios no se ocupan de otra cosa que de conducir presurosos al picador camino de la enfermería, y el público, saboreando el húmedo y acre vaho de la sangre que le emborracha, aplaude neiviosamente el quite del maestro, que libró al hombre de u n a muerte horrible y desastrosa. Pero qué sucede? ¡Ahü Es el público, que clama compasivo por la espantosa agonía del pobre Lucero. P o r sufragio se pide la conclusión de aquellas ansias de muerte, y mientras el maestro distrae al toro en u n extremo opuesto de la plaza, u n mono sabio, con cara de imbécil y malvado, lleno de sangre, de sudor y de cieno, se acerca al infeliz caído, le sujeta la cabeza con el pie, le agarra por las orejas, y allí, enardecido por el v i n o y por su barbarie, moja una, dos, tres ¡hasta seis veces! sintiendo en su mano izquierda el angustioso temblor de la vida que se le escapa al infeliz caballo Y Luis, que presencia desde la contrabarrera aquel bárbaro suplicio; Luis, que estando sereno no vaciló en sacrificar á su Lucero, grita, insulta, vomita maldiciones, denuestos y blasfemias, ¡arma la bronca! hasta que la policía lo conduce á empujones al camastro hediondo de la prevención. Y rendido por fin y aniquilado, cae roto, sucio, barbotando bilis revuelta con babas y vino acre y fermentado, ¡semejando u n cerdo ahito y congestionado por la gula! PEDRO BALGAÑÓN DIBUJOS DK MÉNDEZ BEIN 6 A