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FIESTA NACIONAL FRAG íEXTO H a n transcurrido cinco dta y á Dios gracias tnvieron feliz fruiiDO los lances personales (jue surgieron de la fiesta. Los cerebros están limpios del alcohol, los estómagos de la gula, y y a sólo queda u n cierto a m a r g o r para los que sacaron el brazo en cabestrillo ó la cabeza entre lienzos y tafetanes. La t i n t u r a de árnica, el crémor tártaro y el sulfato de magnesia regularon los efectos y demasías de la j o r n a d a A excepción de los pacientas, nadie se ocupa en Cívitas de comentar los lances de la becerrada, y en el Circulo no se habla de otra cosa que de l a llegada á la localidad de un delegado del empresario de la plaza de toros de Sevilla, el cual delegado trae á Civitas el encargo de la requisición de caballos para el fervieio de las corridas de toros. T las próximas que se proyectaban en la capital de la provincia debian de ser de lo mejor y más sorprendente, á juzgar por los anuncios que con profusión se habían repartido. Matadores de primera, ganaderías famosas, precios por las nubes, trenes especiales, etc. y asi como basta u n a chispa para producir u n incendio, bastó en Cívitas la llegada del requeridor de caballos para que en el Circuló la gente torera de corazón comentase y vaticinara las excelencias de las próximas corridas. Y en medio de nuevas cenas, libaciones y Irasnochamientos se proyectó el viaje á Sevilla. Pero estaba todavía m u y reciente el recuerdo de la pasada fiesta, y los bolsillos resentidos del gasto que produjo. Los trojes cortos habian salido por u n ojo de la cara, las comilonas menudearon más de lo conveniente, y por último, la cuota extraordinaria que por fin de fiesti tuvieron que abonar los socios estaba aún m u y reciente p a r a meterse en n u e v a s aventuras. Mas ¡quién dijo miedo! En España seremos pobres, si, señor; pero en tratándose de solemnizar la fiesta nacional, no hay pobres n i ricos. Todos somos españoles. ¡Ea! ¡Sus, y á los toros! ¿Que no hay dinero? ¿Que los tiempos están malos? ¿Que la miseria cunde? ¿Que los m a e s t r j s se mueren do hambre? ¡Boberia! Quienes se mueren de h a m b r e son los pelambrones de los maestros de escuela, que los otros, los verdaderos maestros, esos bien gordos y rollizos y poderosos les tenemos. ¡Nada, nada! A los toros, y ¡viva España con honra! Así discurría el bueno de Luis Ramírez, al par que buscaba en las reconditeces de su mente u n medio de arbitrarse la luz para ir decorosamente á Sevilla á presenciar las tres corridas de toros que dentro de poco iban á jugarse. Y nada, no encontraba; pero- ¿qué importa? él encontraría. í T encontró. íNo había de encontrar? Tratárase de llevar i, cabo u n a verdadera obra de caridad, y sería difícil encontrar; pero tratándose de la fiesta nacional, no podía faltar. Y como es consiguiente, no faltó. Precisamente hacía ya más de tres años que no podía nadie montar al Lucero porque se había quedado ciego de puro viejo. Y el animal aquél, siempre en la cuadra consumiendo grano y sin dar á la presente utilidad n i n g u n a Cierto que el caballo había nacido en la casa y le había servido á su padre, y luego á su h e r m a n o y después á él, hasta que t u v o que desecharlo porque y a no veía; pero también era cierto que u n animal inútil, con más de treinta años, y ciego por añadidura, n o servia para maldita de X) ios la cosa. Después de t a n j u s t o como lógico razonamiento, Luis entró en tratos con el chalán, y media hora después quedó cerrado el convenio en la suma de veinte duros y u n a botella ¡ó dos! de lo mejor que hubiera en la casa, para todos los presentes A l siguiente día el pobre Lucero salió atraillado de l a cuadra donde vivió y trabajó durante t r e i n t a años. El buen Luis tuvo algunos resquemores al perder de vista al amigo de tanto tiempo; pero el bulto que le hacían los veinte duros en el bolsillo le hizo desechar el remordimiento que y a le asaltaba. Saliendo por soleares, y dando media vuelta á la derecha, subió para su cuarto y se puso á preparar la maleta, esperando divertirse g r a n d e m e t t e P No tojaáis que os describa n i os detalle ahora el aspecto que presentaba la plaza á las cuatro en p u n t o de la t a r J p Es espectáculo á que estamos habituados, y poca novedad puede ofrecernos el abigarrado conjunto q u e ofrecían los doce mil espectadores que llenaban de bote en bote las localidades del circo.