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LOS TOREROS EN SU CASA ANTAÑO Y HOGAÑO I No es que pretenda sacar oonsecueEoias. Sólo á titulo de ouriosi- Jad me propongo apuntar algunos datos por los que se venga en conocimiento de lo que ha cambiado la vida de u n matador de toros en el relativamente breve período de u n siglo. P a r a ello escojo dos nombres de Jos de rads cartel: uno de los que brillaban allá por los años de 1796, y otro de los que figuran en este presente; pero haciendo constar que olvidado aquí de que bueno ó malo, y más bien malo que bueno, de lo que ahora pomposamente llamamos critico taurino presumo, no es que vaya á comparar las condiciones de Josepb. Delgado (a) Illo, y de Luis Mazzantini y Egaia, que son los dos primeros espadas que para mi parangón elijo, ui entre si, ni en relación con los toreros de más alta talla de los tiempos alcarzados por uno y otro. Voy á ser u n poco indiscreto, voy á asomarme, y perdónenme Ja intrusión la desventurada María Salado y la afortunada doña Concepción Lázaro y Sánchez, á sus respectivos hogares, para apreciar en todas sus diferencias cómo vivía u n diestro cuando apenas habla terminado la guerra del EosellóD, y cómo vive otro mientras está en todo su apogeo esa campaña de Cuba que no lleva trazas de acabar. II E n los tiempos en que PepeIllo disputaba los aplausos á Pedro R o m e r o y á J o a q u í n Eodriguez Costillares, a u n en nuestro p a í s eminentemente democrático siempre, las clases sociales eran todavía algo asi como á me do de castas. MAZZANTINI EN SD DESPACHO E l toreo, que en tiempos de la casa de Austria había sido patrimonio de los nobles, al advenimiento de la dinastía borbónica se relegó al pueblo, y como al pueblo pertenecían los lidiadores, n i en sus trajes ni en sus oastumbres se apartaron éstos jamás de la clase á que pertenecían, n i en broma siquiera pudieron pensar en imitar en esto n i en nada á los nobles ni á la clase media, sabiendo como sabían que su osadía hubiera sido castigada, duramente. Los que, por el contrario, copiaban sus majezas y tenían por lo que ahora llamaríamos sport hablar y vestir como los toreros hablaban y vestían, eran los más alcurniados magnates, no siendo raro tampoco que damas del más alto rango distinguieran más de lo que al recato y buenas costumbres convenía á los espadas que eran ídolos del popular é hijos mimados de la fama. De aquí provenía el que, en sus gustos y aficiones, aquellos Horneros y Costillares, más renombrados que el favorito Q- odoy y el general Eicardos, pecaran más de modestos que no aficionados al r u m b o y al boato. También es verdad q r e l a retribución que entonces cobraba una primera espada no se parecía en nada á la que hoy percibe. Prueba de ello es que el 12 de Eaero da 178 á los caballeros Maestrantes de Sevilla contrataron á Joseph Delgado por O.oOO reales para torear las ocho fiestas de cuatro días que h a b í a n de dar aquel año; que ea 9 de. Marzo de 1793 el asentista, de la plaza de Cádiz estipulaba con el mismo matador satisfacerle á razón de 95 pesas de á 15 reales por cada corrida de tres que habla de torear en varias fechas, y que en i g a a l precio lo ajustaba la Maestranza de Sevilla en 20 de aquel mismo mes y año, poniéndole además la condición expresa de no echar suerte ni brindis algunojí, contentándose por único interés con el salario ofrecido por el Teniente y Diputados contratadores.