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EL CAFÉ DE DON BALDOMERO ERO señor, ¿quéneeesiJad. tiene D. Baidomero de convidar ¿nadieV ¿Por qué habrá, estado cinco ó seis meses seguidos invitándome á tomar café en su casa? -Muetias gracias, D. Baldomero; ya iré cualquier dia, contestaba yo. ¿Caándc? -Guando salga de estos asuntos q u e ahora me traen ooupadísimo. ¿Qué asuntos? -Se me casa u n amigo, y todas las tardes viene á verme al cafó para que le explique las interioridades de la vida c o n y u g a Aparta de esto, estoy curándome el hígado. ¿Lo tiece usted malo? -Si, señor, y el médico dice que no lo abandone; todas las mañanas me lo toco por fuera, y después me lo froto p a r a suavizarlo. -Baeno, pues cuando usted pueda, se viene á casa á tomar café. T a n t o insistió D. Baldomero, que allá fai u n a Eoche después de comer. La familia de D. Baldomero se de licaba en aquel preciso instante á mojar pan ea el caldo de la ea alac! a. ¡Hombre, por fin! ¡Cuánto me alegro! exclamó m i amigo al verme entrar en el come Iwr. A q u í tiene usted u n a silla. Daje U 4 tsd el hongo do este plato, q u e está sucio y no importa... Tengo el gasto de presentar á u s t a l á m i familia: m i soñora, q u e por cierto está, delicada estos días á causa de u a a cuestión que tuvo con la portera. ¿Quiere usted creer q u j la mordió? Q- eitrcdis, enséñale e l brazo para que te vea el mordis 30. (La aludida me enseñó el brazo h a s t a el codo. Esta es m i hija, que ha cumplido catorce años y ya está aprendiendo el solfeo. A m i cuñada, n o la puede usted ver hoy, porquo come futra con u n canónigo tio suyo Gi nque, le agradezco á usted m u c h o la visita G- ertrudis, m a n d a por café; q u e sea b u e n o ¿Cuánto traen? p r e g u n t ó la señora. -Un cuatterÓD y que la chica se ponga á calentar agua, y á ver si encuentras u n paño fino, cnanto más ú s a l o mejor, para colar el café ¡Yaya, vaya con D. Luis! P u e s aquí tiene usted u n a familia que no gasta ceremonia? Como nos ve usted hoy, nos verá usted siem, ire. A ésta la he metido en m i l cost ímbres, y 4 todos mis oonocioiientos los quiere como á m i mismo. ¿Has m a n dado por café, Gertrudis? ¿Has dicho que se lo dieran dsl mejor? A ésta, el café le gu- ta mut- hisimo, y lo tomamos muchas veces, sobre todo cuando viene alguien como usted Uertruditas, cántale á este caballero la lección q u i n t a de Eslava. ¿La conoce usted? E Í pro 3 Íosa; canta, Gertraditas. La chica comenzó á solfear, m a r c i n d o el compás con u n cuchillo Heno de salsa. Doña Gertrudis fuese á la cocina, porque ya había regresado la doméstica con el café, y volvió al poco rato con u n puchero donde cocía el agua á borbotones. ¿Está bien caliente? preguntó D. Baldomero. -Sí, dijo doña Gertrudis colocando el puchero en mita I de la mesa. ¿Y el trapo? -Aquí está. -Pues y a saba? echi, s el café en e! puchero, despaés lo tapa? y en seguida lo cuelas por el trapito Verá usted, verá usted, dijo dirigiéndose á mi, q u é cafó tan rico tomamos en t s t a cas 8. Yo lo hago á estilo de m i pueblo. Cabeza do Vaca, que es u n o de los sitios en que se toma mejor café Doña Gertrudis llamó á la doméstica. -Trae tazas, la dijo. ¿Cuántos son ustedÍÍ? p r e g a n t i la criada. -Cuatro. -Pues no hay más que tres. ío importa. Yo lo tomaré ea u a vaso. -Se v a á romper con el calor, objetó D. Baldomero. -Pues entonces lo tomaré en el mismo azucarero. A mi m e echaron cafó en. u n a de la tazas, que era a m i r i l l a con cenefa azul y e -tiba algo desportillada; en otra con ribete calorado se sirvió X Bildomero el humeante liquido, y Gertraditas ee apropió de la tercera taza, de color indefinido. ¿Y el azúcar? gritó D. Baldomero.