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SILUETAS PARLAMENTARIAS CALLOS Y CARACOLES En la taberna del Bizco, Rentados j u n t o á u n a mesa desvencija por las patas, por el tablero mtigrienta, ante u n plato de judias y unas copas argandeñas, disputan con malos modos y usando palabras gruesas ol mcntea, ol Romo, ol Uñaí: hubo otra marimorena entre el Romo y el Qalguin, que alborotó la taberna basta el p u n t o que el Riojano. que, a u n q u e ya está, m u y pnietaj cuando llega Ja ocasión aún se las mantiene tiesas con el lucero del alba, ea el caso interviniera. agrupados ea la puerta, comentaban con disgusto los motivos de la j u e r g a mientras que en ¿tro rincón gritaba así otra pareja: -A mi no existe en el globo quien me falte, ¿tú te enteras? Y te pego dos patas on la tripa, ú dos docenas. con el Sánchez y el Sinpena y el Qalguin. Lo más granao rte la caile de las Velas. No se habla allí de Maceo, do Cuba, n i de l a guerra; son cosas y asuntos propios Jos que motivan la gresca. Sobre si ol Uñas, que tuvo no sé qué destino en puertas, abrió al matute u n portillo por donde bajó la renta, ó no le abrió, se armó una entre el Uñas y el Sinpena, que hubo aquello de- ¡Mentira! ¡So Jipendi! ¡So boceras! ¡Que m e traigan los papólos! ¡Que los traigan! ¡Que se lean! Y el Uñas, hecho un valiente, se arranco por peteneras, y n i en las Ventas de Cárdenas se vio en Ja vida otra juerga semejante; y no hubo tiros y hasta púnalas traperas, porque Sinpena, que es hombre de valor y na dado pruebas de saber ir al terreno, le dio por tener prudencia. En un velador cercano D m ü j o DB MSOACHIS E l Romo se puso atroz y diio seis desvergtlenzas: -Qalguin lleva siete manchas lo menos en la pechera. ¡Falso! -Y le han empapelado f n su casa la despensa. ¡Mientes! ¿Que yo miento? ¡Mientes! -Eso me lo dices fuera, en la calle. ¡Vamos! ¡Vamos, y echa mano á la herramienta! Y Qalguin se puso moños, estiróse la chaqueta, y pidió al Romo y al Sánchez atisfaceión de la ofensa. Pudo haber u n Dos de Mayo; p ro el Dientes, que le aprecia y que j a m á s á u n amigo ha dejado sin defensa, metió u n capote, y entonces se armó la bronca de veras, y hubo chaparrón de insultos y de palabrotas feas. ¡Parecía aquello una ucursal de la plazuela! Y Jos curiosos del barrio. Y vinieron á las manos, hechos los hombres dos fieras; y el Tabique, que pasaba, fué y se ganó una galleta por meterse á redentor y apaciguar la pendencia. ¡El delirio! Viendo aquello, con destempladas maneras dejó el Bizco el mostrador, donde tomaba unas medias, y ochando su cuarto espadas terciar quiso en la contienda; pero cata que el Riojano también dio gusto á ia lengua, ¡y entonces hubo unas cosas ntre aquel par de eminencias! Mas todo al tín so arregló, y en paz terminó la ñesta, quedando Galgnin y el Uñas ¡y cómo no! en la taberna como dos personas finas, con decoro y con decencia, que saben lo que se beben y saben con quién alternan. Y vecinos y curiosos decían á boca llena que, con escándalos tales y con tales peloteras, gana poco en seriedad y en prestigio la t a b e r n a E. N A V A R R O G O N Z A L V O