Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
puertas del cíelo con la venerable cabeza b l a r e a inclinada t a i o el peso d é l a óulpa! M e z n á n i r f e r r o g ó á s i i h i j ü con ansia; ¿Tendrás valor ahora para separarte de AIzorah? -Si, padre. ¡Me separaré, y sacrificaré mi amor por el de Dios y por el que á ti t e debo! Meznán lloró lágrimas de agradecimiento, y dirigiendo los ojos l a p u e r t a del aduar coico si mírase á la Muerte, impalpable y vaga, exclamó con e x t r a ñ a alegría: -El creyente está dispuesto al gran viaje. E n t r a cuando quieras. T á la siguiente m a ñ a n a Malek encontró á su padre pálido y r gido, y al m i r a r su rostro vio que tenia los ojos abiertos y fijos en los suyos, como sí le recordase u n a promesa... Alzorah lloró mucho, pero n o se atrevió á detener á su amado. Ma f k partió de Beni Azrra; la tribu entera le despidió tristemente, y cuando llegó el crepúsculo del primer día de sa ausencia y el disco inmenso del sol se hundió en el desierto, Alzorah vio cerrar l a noche sin que á sus oídos llegaran las dulces notas de las canciones de Malek. Y pasó tiempo, mucho tiempo, y Malek n o volvía, porque estaba escrito que el hijo p u r g a r a el pecado del padre; y sucedió que Alzorah, instrumento de los juicios de Dios, fué la primer perjura de Beni- Azrra, y casó con u n mercader asirlo que la llevó á sus tierras y la colmó de ricos presentes Cuando Malek volvió á Beni- Azrra y upo la traición de Alzorah, perdió la razón. Se le veía sentado á la puerta de su aduar, solitario, con l a frente inclinada sobre el pecho, inmoble como estatua de piedra... Un día hallaron su aduar vacio, y nadie de la tribu le volvió á ver más. Malek abandonó su tribu, que era para él como sepulcro de sus amores, y atravesando ¡os inmensos arenales a r á l i g o s traspasó las vagas fronteras que separan la Arabia desierta de la Siria. F u é errante peregrino de amor en P a l m i t a y Damasco; pero las gentes de aquellos pueblos, cuando Malek les p r e g u n t a b a si conocían á Alzorth, hija de Saíd, de la tribu de Beni- Azrrá, se encogían de hombros y le decían: No la conocemos; sigue t u camino. Asi recorrió toda la Siria, hasta que u n día llegó, dolorido el cuerpo y cubierto de andrajos, á las márgenes de u n torrente que se llama MI Arisch. Formaba el torrente u n remanso de a g u a cristalina, y vio Malek que u n a esclava etiope llenaba en él su cántaro. Malek le preguntó: -Dime, mujer, ¿conoces t ú á Alzorah, hija de Said, de la tribu de Beni- Azrra? La esclava contestó: ¡No he de conocerla, si es mi ama! Y señalando á u n poblado próximo, siguió diciendo: ¿Ves aquella casa de b l a n cas paredes que está j u n t o á t i n huertecíUo de limoneros? Pues aquella es la casa de Ooalíd, m i señor, el rico mercader, y allí vive Alzorah, que es su esposa. Malek se sintió recompensado en aquel instante de todos los sufrimientos á que Dios le había sometido, y eon voz mal segura exclamó: -Amiga, ¿querrías t ú darle nuevas mías? Yo soy de Beni- Azrra. Seguro estoy que ha de pagártelas eon largueza- -Si se las daré, por servirte; pero, dime, ¿qué le he de decir? -Le dirás que Malek, hijo de Mezuán, quiere verla. La esclava repitió poco después estas palabras á su dueña. Alzorah quedóse blanca como u n lirio y apenas pudo contestar. -Mnjer, pienfá lo que dice? ¿Acaso Malek no ha muerto? Y como la esclava le dijera que acababa de hablarle, le hizo conducir á su presencia, y j u n t o s recordaron las dulces canciones de otro tiempo, sin que nadie interrumpiera su felicidad, porque el rico mercader asirlo estaba aUsent III Pasaron algunos días, y sucedió que u n a mañana, estando Alzorah y Malek en dulce coloquio, siutierjn ruido en la estancia próxima, y Alzorah, temerosa y confusa, hizo que Malek se ocultara en u n cofre de los muchos que guardaba en su casa el mercader. A poco entró u n esclavo negro, que le dijo á Alzorah: -Oualid, m i señor, que ahora cruza El Arisch con su caravana, me envía á darte la buena n u e v a de su llegada, y te manda esta perla como prenda de amor. Y le entregó una parla negra. Cuando Alzorah supo que su esposo era llegado, enmudeció de espanto y quiso que Malek se salvara. Pero el esclavo, que le había visto esconderse en el cofre, no se movió de allí, y prolongó su comisión con hipócritas muestras de respeto, hasta que vio que su amo Oualid entraba en el huertecillo de limoneros. Entonces se adelantó y le dijo: -Señor, la mujer de Beni- Azrra te e n g a ñ a El látigo del mercader crujió sobre las desnudas espaldas del esclavo; la sangre manchó su piel negra; pero el esclavo añadió: -Señor, t u siervo no miente. Dilo á Alzorah que te dé el cofre grande, donde otras veces guardabas t u s armas. Oualid, seguro y a de su venganza, estrechó á Alzorah entre sus brazos, y sentándose luego en u n cofre exclamó: -Esposa, has de darme uno de estos cofres- -Todos son tuyos, respondió Alzorah; elige el que quieras. -Elijo éste en que estoy sentado. Trémula de espanto, Alzorah replicó: -Ese cofre sólo guarda mis galas y mis j o y a s Otro cualquiera podrá servirte. -Mojer, ha de ser éste. Los demás no los quiero. -Sea, pues, exclamó Alzorah, p i l i d a como u n a muerta. Oualid hizo llevar el cofre, sin abrirlo, j u n t o á la margen del torrente; dos esclavos cavaron u n a fosa estrecha y profunda. Cavada que fué, mandó llamar á su esposa y á todos los de la tribu, y u n a vez allí, el cofre fué puesto en! a huesa, y Oaalid, de pie sobre ol borde y el cuerpo inclinado, dijo eon voz clara: