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EL COFRE ENTERRADO LETENDA ÁRABE Almas fervientes abrasadas en el f a e g j iaoxtinto del ataor; corazones siempre jóvoues qno á través do la j o r n a d a de la vida, árida y trista, habéis sufrido el desengaño, pero no la atrofia del stntiniiento; vosotros, los que lleváis srrabado en 11 memoria el recuerdo de Dafais y Cloe, de Hero y Leandro, de Plramo y Tisbe, de J u l i e t a y Eomeo, de todos Jos amantes ijuo la historin. del amor universal ha hecho célebres ¡esenohad este sombrío drama de amor, ocurrido siglos há en los desiertos de Ja Arabia y perpetuado á través de Jas generaciones por) a musa melancólica de u n cantor árabe! La tribu de Beni- Azrra es célebrd en amor entro las t r i b u s árabes. Sas mujeres tienen la tez curtida por el sol del desierto, negros los ojos y veladc por largas pestañas. ííl amor tiene su patria en aquella tribu; eon allí Jas esposas fieles, castas Jas doncellas, los hombres dulces y hospitalarios. Cuando el árabe t o m a d a á quien el simoun i v teparó de su caravana llega mendigando á la tribu y pide pan y lecho, todos le dicen: Come y reposa con nosotros; lo nuestro 63 t u y o ¡Somos de Beni- Azrra! La tribu está en el desierto, pero sus aduares n o se levantan sobre las arenas movedizas, sino sobre la verde yerba del oasie, que parece mullida alfombra. La t r i b u está en el desierto, pero el sol de fuego que calcina su inmensidad sin límites detiene s u s rayos en los bosquecillos de palmeras seculares y abreva y m i t i g a su lumbre en la vena cristalina del manantial. L a t r i b u está en el desierto como isla de verdura en mares de arena, pero sus moradores no cambiarían aquel oasis por los fértiles valles de l a A rabia feliz. El árabe n ó m a d a viva deJa ¿u r r r a y de la rapiña; en Beni Azrra l a Ers: s. s es án ociosas, y las manos sólo empuñan el hierro que hace fecunda y pródiga en frutos la madre tierra. E l amor es allí ley de vida; ley de naturaleza la generosidad... ¡Y así viven dichosos á través de los tiempos por la misericordia infinita de Dios! H a c e ya muchos siglos, tantos, que algunos ancianos de la tribu conocieron á Mahoma, había en Beni- Azrra dos jóvenes, casi dos adolescentes, en cuyos corazones habla prendido la llama del amor. Se llamaba ella Alzorah, hija de Said, y era su a m a n t e el árabe Malek. Les pusieron por sobrenombre desde niños los esposos porque en ellos la pasión había nacido con la vida, y e r a su amor t a n casto y poro como el de las palmas gemelas. Alzorah era delicada y hermosa. JVIalek era poeta. Cuando el disco inmenso del sol se hundía allá en el horizonte, donde el desierto y el cielo parece quA se j u n t a n basAndosp, Malek dejaba oir las duicBS notas de sus canciones de amor j u n t o al aduar de la virgen árab) ó relataba en melancólicos versos la a n t i g u a leyenda de la fundación de la tribu. Los aduares de los esposo? estaban frente á frente. Alüorah tenía padre y madre. Malek, sólo padre. Su madre había muerto, y el viejo Mezuán lloraba todavía su viudez, porque u n sólo a m o r de mujer llenó su existencia, y en aquella t r i b u las costumbres eran puras, y las doctrinas del a m o r fácil predicadas por Mahoma no habían llevado todavía el lúbrico harén al humilde aduar del árabe del desierto. Mezuán tenia luenga y blanca l a barba; los venerables cabellos como el armiño. Se había hecho viejo do pronto, al morir Djadli su esposa, y su cuerpo antes duro y robusto se inclinaba al suelo como débil caña, porque Mezuán era de u n país donde se muere de amor. Sucedió que u n a tarde, cuando el creptísculo descendía sobre Beni- Azrra, Mezuán llamó á su hijo y le preguntó: