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A OCHO DÍAS VISTA UNA INTERVIEW CON GEDEON Ei singularísimo Gedeón, quo en todo se m e t e y todo lo comenta, ha observado en la famosa ouestión del desafio la cauta conducta de la mayor parte de nuestros escritores, quienes si n o perdonan por lo común ripio n i actnalidad palpitante, t ó r n a m e prudentes y mudos cuando los que dan motivo á, burlas y chirigotas llevan espada al cinto y tien e n Ja bocamanga refulgente. No se limitó Qedeón á envainar su pluma y á poner como los dem ¿s u n candado á, su boca, que por ser candado periodístico digo y o que será, candado de letras, sino que llevando al colmo su cautela, salió de Madrid p a r a evitar complicaciones y se puso á reflexionar á, la orilla del Manzanares. ¿Tú. aqui? le pregunté. ¿Por v e n t u r a padeces de hipocondría y quieres curártela viendo correr el agua? -Nada de eso; con tan poca a g u a no se curan hipocondrías. -Pues no caigo. -Más vale asi, porque te pondrías perdido de barro. A. h! vamos; tú. has venido j u n t o á los lavaderos para e x a m i n a r las actas sucias que t r a i g a n acá los señores del Congreso. -Te equivocas; conozco á toda? las lavanderas, y on n i n g u n a de ellas he reconocido el rostro de Villaverde, de Lacierva, de Aguilera, n i de otro a l g ú n individuo de la comisión. -Entonces, ¿cómo vas á explicar á t u s innumerables lectores tu presencia junto al arroyo aprendiz de rio como dijo el oiro? -Tú me adulas; hablar conmigo y llamar á Qaevedo el otro viene á ser compararme con él ó burlarte de m i persona. -Ni u n a cosa n i otra; lo que deseo es que no t e marches por la tangente y m e aclares t u presencia aquí. -Yo aclararé cuanto desees, y hasta la corriente del Manzanares si te empeñas. -Vamos á, ver- -Pues he venido aquí, sencillamente, para ver cuándo llega la sangre al r í o -Esperas en vano, querido Qedeón. M u y cerca de aquí fusilaron el año pasado al capitán Clavijo por cosas de la disciplina militar, y su sangre n o llegó al M a n- zanares, como muchos temían; cerca de aquí también se batieron dos soldados a ú n no hace u n mes, y no llegó su sangre á enrojecer las arenas del río; ya ves si corre en Cuba sangre de españoles, ya ves si acaba de correr en Barcelona por culpa de los anarquibtas, y sin embargo, n i n g ú n rio español se ha vuelto rojo. Digamos, glosando al poets, que n i so hunde el firmamento, n i tiemblan las esferas, n i se vuelven de sangre los ríos por las miserias y luchas de los hombres. -Pues á pesar de todo, de aquí no me muevo, contestó Gedeón, y aquí me estaré hasta que h a g a un tiempo ú otro como dijo el b a t u r r o -Para rato tienes. -Convenido; pero al cabo y al fin, menos violento es mi esperar que el esperar de los dos contendientes: preparados, en guardia, con el florete en la mano y sin sosiego n i descanso posible hasta que el G- obiemo se decida, hasta que el Consejo dictamine, hasta que el Senado resuelva los suplicatorios, hasta que la prensa se p o n g a de acuerdo. -En verdad que la solución del duelo no ha sido tal solución, sino u n a solución de continuidad. -Exactamente; u n remedio mucho peor que la enfermedad; u n a situación angustiosa como aquella on quo colocaron A. Felipe I I I