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Luego, ¡qué vergüerza! el tenor presentó á su madre á sus amigos, y todos los señorones le abruroaron á cumplidos y sonrisas. ¡Lo que querían é. su hijo! ¡Quizás no quedó u n o que no hiciera de él miles de elogios! ¡Y vaya un bureo! Era u n a procesión. La gente entraba, daba u n abrazo al muchacho, y se iba. ¡Anda, y cómo tenía el cuarto de alhajas! P u e s se las habían rega ado aquella noche. ¡Una fortuna! Lo que más la chocó fué u n montón de coronas como las que les ponen á los muertos. -y -i jurel? preguntó á su hijo. II t i ¡Vaya una ocurrencia! ¡Pues 1 poco en la corte la t a l planpueblo sólo tenía sitio en la n, asi ee estilaba en los Ma) nd 6 todos eran sabios, y por a. U n repiqueteo de timbre tinuado cortó el soliloquio y reflexiones de la buena mu, y el mismo señor amable de blo de tabos eran aquéllos con que le apuntaban? ¿Estarían cargados? L a entró u n poco de miedo. Levantóse el telón, y volvió á salir su hijo tristísimo. ¡Toma, pues en su aturdimiento no le había preguntado lo que le sucedía! ¡Luego, como parecía habérsele pasado! Y, sin embargo, continuaba con su m u r r i a E n este acto lloró m á s que en el primero; se lo pasó llorando todo él. ¡A ella tamlin- n s 1 apu tó más el corazón! Pero cayó la cortina, rompió la LCCUI o á i ii: i; dir, se alzó de nuevo el trapo, y apareció el muchacho t a n alegre y t a n sonriente. Una cosa la llamó en éstas la atención: los de la parranda izaron u n a enorme corona de laurel y se la entregaron desde sus sitios; él mismo la cogió con sus propias manos. Y de otro cuchitril lleno de caballeros que caía sobre las tablas, le alargaron otra corona también de laurel. Y por bajo de loa árboles salieron á la escena siete ú ocho mancebos, que á ella se le antojaron reyes recordando los de la baraja y que no e r a n sino pajes de contaduría, con más coronas, y de laurel por no variar. Y la pobre vieja, sin comprender el símbolo de la hoja sagrada, exclamó entonces con toda su alma, dejándose imponer por su naturaleza de ama de casa y de campesina: ¡Pues señor, tenemos pa el estofado mientras nos quede vida! ALFONSO P É R E Z N I E V A DIBUJOS DE MÉNDEZ BEINGA