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NOVELAS RELÁMPAGOS EL LAUREL SAGRADO La pobre viejecita no sabía lo que la pasaba; creíase soñando, y asomada tímidamente detrás del antepecho de terciopelo rojo del palco, miraba con los ojos m u y abiertos cnanto tenia delante: aquella profusión de oro de l a s localidades que resplandecía iluminada por muchísimos soles pequeños, que no podían ser otra cosa unas lámparas t a n vivas; aquel gentío desparramado por todo el teatro; aquel mar de cabezas de las butacas; aquel relucir de seda, de raso, de piedras preciosas; aquel moverse de plumas en las damas, que n o parecía sino los maíces de su pueblo en una tarde de ventolina; aquel cortinón del escenario sobre todo, t a n elegante, al pie del cual había u n a parranda enorme con unos guitarros mayores que los hombres que los tocaban. ¡Vaya unos guitarros! Cuando la anciana los vio, soltó el trapo reir. F u é el único escape natural que tuvo la profunda emoción h i r v i e n t e e n su pecho. Empezó la sinfonía. El inmenso rumor de los instrumento la dejó estática, y se le asomaron las lágrimas á los ojos. I vantóse luego el telón, apareciendo una selva que ¡uü. l.il que era la misma de su aldea, igualita, con el castillo rniuL- i del cerro habitado por las cigüeñas. U n a voz que la repercutió en el corazón con eco dulcísimo atrajo toda su atención. Su hijo salía por entre los árboles c jn u n tra; je parecido al de San Migael, de coraza y casco. El público rompió en u n aplauso estruendoso, que hizo estremecer á la pobre madre, apenas el tenor apareció en las tablas y comenzó á cantar. Una representación de ópera en Madrid y en u n a noche de primer t u r n o era cosa inusitada para l a viejecita, que sólo había visto u n barracón de mala m u e r t e en la capital de la provincia cierta vez q u e l a llevó su padre á la feria de ganados por el otoño. La misma grandiosidad del espectáculo, al q u e asistía desde el palco como asomada por u n a ventana, y del que no podía tener previa idea, manteníala suspensa, miedosa, acobardada, cual si hubiera cometidoai g ú n delito. La presencia de su hijo en el bosque la prestó algún valor; y a n o estaba sola, y se serenó u n tanto, poniéndose á escuchar con sus cinco sentidos. De sobra sabía que el chico cantaba bien. ¡Como que era el predilecto del í i í señor cura para la misa mayor, y cuando el rapaz echa ba u n a copla no había en el pueblo moza qao no Je mirase con los ojos encandilados! ¡Tío, pero lo que ahora estaba soltando no se parecía á nada! ¡Qué música tan divina, Santo Dios! ¡Si no se podía oír sin llorar! ¡Vaya! Su mismo hijo se llevaba las m nos á los párpados y se los enjugaba. ¡Naturalmpute! P e r o ¿qné le sucedía para estar tan triste? P o r la t a r d e se reía a carcajadas, y nadie hubiera dicho que iba á soltar así el trapo delante de todo el m u n d o Calló el muchacho; la multitud volvió á aplaudirle; hasta gritaban ¡vivas! allá m u y lejos y m u y alto, en u n como tejado donde se aglomeraba mucha gente, y su hijo saludó sonriendo y tan tranquilo. ¡Vaya! ¡Se le había pasado! Pero tornó la parranda á tocar y el chico á gemir. ¡Caramba! ¡Eso era ya m u y fuerte! La madre se impuso, y buscó la puerta del palco para volar en ayuda del desconsolado mozo. E n éstas concluyó el acto; bajó la cortina, y de pronto sintió á sus espaldas la pobre mujer ruido de alguien que entraba. Ladeóse, y vio ante ella u n señorón de negro con relucienta pechera do camisa que parecía de charol, y que la decía sonriente y amabilísimo: -Sa hijo de usted la r u e g a que tenga la bondad de venir conmigo á su cuarto. ¡Con mil amores! ¡Paes si lo estaba deseando! Ya la extrañaba á ella que sufriendo su hijo no la llamara, sabiendo q u e se hallaba allí, en aquel cuchitril próximo á la parranda. II L a noticia de qne el tenor había hecho venir á su madre, u n a pobro campesina de lo hondo de la montaña, á su beneficio, era del dominio del público, y á n i n g u n o de los admiradores y abonados que invadían el camerino le chocó ver entrar aquella palurda de cabellos grises, toda asustada y medrosa, abriéndose paso por entre el pelotón de fraques de la aristocracia más linajuda. Cuando la anciana mujer cayó en los brazos de su hijo, no hubo corazón que no latiera con fuerza, n i ojos que no se humedeciesen. m