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poteo en la tela metálica y sobro el cristal: parecia como si resbalase sobrtí óste un d i a m a n t e El avaro repitió la escena de la víspera, y n o vio n a d a n i á. nadie. Es más: la tela metálica, los b a r r o t e s de la reja y los cristales de l a v e n t a n a e s t a b a n intaccos. Como la i n q u i e t u d del hombre e r a grande, n o pudiendo explicarse el origen de los ruidos, decidió ¿la noche siguiente sorprender al n o c t u r n o ladrón, como v u l g a r m e n t e se dice, con las m a n o s en la masa. Subióse al ¡echo, e n t r í a b r i ó la v e n t a n a y con el revólver á p u n t o esperó. Y a ponía en duda que el e x t r a o r d i n a r i o ladrón acudiera, cuando sintió helársele la sangro al oir ruido de tei as, como si sobre ellas pisara alguien que se a p r o x i m a b a á la v e n t a n a N u n c a Valiente experioienió m a y o r susto n i m a y o r congoja. Esperó u n o s c u a n t o s segundos, que p a r a él faeron e t e r n i d a d e s de a n g u s t i a Cesó el r a i d o de pisadas, y como en noches aatorioros, la tela metálica faé golpeada. Alzó Nicolás la diestra en la que e m p u ñ a b a el revólver y t a m p o c o descerrajó el tiro; antes bien quedóse estupefacto y avergonzado al v e r que el a u t o r de los raidos era el g a t o negro, aquel gato qun cuando él, Nicolás, Valiente, era u n c h u p a t i n t a s no picado de la asjuorosa enferme lad do la avaricia, asomaba su hociquito á la v e n t a n a á la h o r a de comer, y con m u r m u l l o s de súplica le pedía los desperdicio? Malhumorado por lo que él creía b r o m a de u n animal, n o siendo sino demostración de g. atittid, se acostó, y Nicolás Valiente no volvió á l e v a n t a r s e más da la cama. L a portera, al cabo de cuatro días, sorprendida do que el vecino do la b o h a r lilla no saliera á la calle como tenia por c o s t u m b r e sabio i. la habitación, y al acercarse á la p u e r t a rctroaadió, por el olor nauseabundo que de dentro se escapaba. Esto, unido al sepulcral silencio que tiguió á sus g r i t o s llanaando al vecino, hiciéronlo sospechar que algo grave ocurría en el c u a r t o Dio p a t t a al J u z g a d o a l u d i e r o n los de g u a r d i a forzaron la p ú e r t í y encontráronse á D. Nicolás echado sobro la cama, rigido. El médico forenst después d j p r a c t i c a r su ministerio, eeitifi. jó que aquel hombro había m u e r t o de pulmonía fulminante. ALEJANDRO LARRUP. IEUA Dimiji. s D I, nERTI B CUENTOS NUEVOS, POR MKCACTIIS -A mi, por ea recao que rae manda mi tloiente, me da una perra gorda- -Pas ú mí el mió, por ca mandao que le hago, me endiña una pata. -Pero eso no será siempre. -Mo, algunas veces me da dos. -Pues no le quepa duda; usted no lo creerá, pero emperador de Rosla debía e- tar muy enterado de quién era yo, porque un dí al pasar junto á mi lado se puso los quevedos y me miró. ¿liOs quevedos? -Bueno, los Ibsen; es igual.