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prodigaba con tiernos maullidos un gato negro da la vecindad que puntualmente le visitaba á diario á la, hora de comer para regalarse con las piltrafas que le tiraban á. lo alto de la ventana, por donde el visitante metía su liociquito blanco como la lecho. Sin esperar otro nuevo estado ni fortuna mejor, pidiéndole á Dios estar en gracia con sus respetabilísimos jefes, la vida de Valiente deslizábase sin ruido, como arroyaelo que mansamente corre por ignorado paraje. II Q. aiso la Fortuna, veleidosa como mujer, prodigar sus más anheladas caricias á aquel cachidiablo de empleado, y un día Nicolás, que se había acostado tan miserable como siempre, amaneció archimillonario por obra de un tío suyo lejano qu 3 murió en apartado rincón de la Península, dejando por hsredero ahinleatato á aquel pariente cuya existencia le importó siempre meaos que un comino. A. I verie rico nuestro ciudadano, pensó en darse vida de principe; pero, amigos míos, aquello de que el que no está hacho á bragas viane aquí como de mo de. Valiente, al presentar la dimisión de sa destínelo, expsrimentó gran alegría; después, nostalgia. No sabia en qu 6 emplear tantas hora- se aburría; el tiempo le resultaba inconmensurablemente largo. Pensó en mudarse del zaquizamí en que pas la flor de su vida; dio en visitar cuartos desalquilado y nuevo Bertoldo, no encontró habitación conveniente: unas le parecían muy caras, otras grandes con exceso ¿Qcé iba á hacer él con tantos departamentos y con tantos balcones? -Ta me mudaré, pensó. No me corre prisa. Vistióse á lo elegante, y encontró la ropa prieta; el elastiootín era para él goma elástica: le oprim- ía el cuerpo hasta producirle ahogo, le cortaba brazos y piernas; las manos no sabía dónde ponerlas: ¡qué diablo! no todos han nacido para embutirse dentro de una levita. ni calarse un sombrero de copa. Este chismo (a í le denominaba Valiente) era lo quo mis le azoraba: parecía bailarle siempre sobre el cráneo. Si se miraba al espejo, aquel rico de improntu se sentía mal: era una caricatura viviente de Mecaehis que tenía la virtud de verse tal cual era: una caricatura. -Volvamos á la chaqueta y dejemos esto para las gran íes solemnidaies, se dijo sepultando en el baúl los trapitos de lujo. Bn SIS tiempos de hambre, el sueño dorado de Nicolás era el de darse hartazgo en un restaurant de moda ¡Cómo le atraían los tentadores escaparates atiborrados do fiambres, lenguas á la escarlata, i aicón en dalce, cabezas de jabalí artística Tiente orladas de gelatina, que él creía caramelo hilado! Ahora podía entrar en Corinto, ó lo que es igual, en ol restaurant más lujoso, que 3o bxa cinco y seis duros por cubierto. Eatró dándose tono de persona avezada á las lides gastronómicas; se sentó, no sin emocionarse, delante de una de las mesas desocupadas, dio tres palmadas tremendas que hicieron funcionar el timbre del encargado del despacho y las piernas de los camareros, améa de hacer volver la cabeza á unos cuantos señores que se entregaban á la dulce tarea de embaular exquisitos manjares. Pidió de oamer; trajéronle la lista encerrada en marco de plata. Preguntóle el estirado y diplomático servidor cuáles eran los platos de su gusto, y aquí el bueno de Nicolás Valiente quedóse atónito y como mudo ¿De qué trataría aquella lista de nombres estrafalarios escritos en francés, en inglés ó en chino, que para él lo mismo eran unos que otros, ya que ninguno entendía? Sonreíase lo más gravemente posible el camarero, y ea son de zumba volvió á pedir al señor le designara el primer plato. ¡El que usted quiera, hombre! dijo al fin Valiente, enrojeciéndosele la faz. Y á gasto dil de las recortadas patillas faé servido; presentáronle una serie de manjares para él inverosímiles: no sabía si emplear la cuchara ó el tenedor para servirse, y dejaba al camarero le preparase los platos. La mayoría se le rebelaban en el paladar; en alganos sintió náusea Salió del restaurant con hambre, corrijo como una mona, y con veinticinco pesetas y veinte céntimos de menos: estos veinte céntimos íaecon los da propina, que le valió un ¡Maldita sea tu estampa! dicho fnriosameute entro dientes por el agraciado -Decididamente, pensaba nuestro ricaiho, el día en que se me antoje comer á lo grande me voy á cualquier café y pido una ración de ríñones y una tortilla de jamón Es más práctico, mejor y más barato ¡Y, al menos, sabe uno lo que come! El único ideal que le faltaba realizar era el del amor; pero como la facha y el talento de Nicolás corrían pareja, fué acogido por las mujeres con burlas y sarcasmos que le apagaron para siempre la débil llama amorosa que encendiera el soplo de las riquezas. III ¿Queréis cresrlo? Aquel Nicolás Valiente que jamás tuvo un céntimo, al verse tan rico se sintió avaro. El oro le atrajo: su canto metálico le alormeció en brazos de la avaricia. Ocultó á todos su riqueza, vistió miserablemente, y se pasó los días en turbio y las noches en claro cerca de la caja de valores empotrada en la pared de su asqueroso cuartucho; en la ventana que daba al tejado mandó poner una gran reja de hierro coa tremendos barrotis, y por si esto no bastaba, extendió doble tela metálica: así Ja ventana pareóla la de un convento. Si tenia que hacer alguna urgencia en la calle, iba y volvía en un santiamén. Por las noches, encendida la luz, sentábase aliado de la caja abierta y contaba con ansia febril los billetes de Banco; los empaquetaba, olasificándolos con el mimo con que una madre podría fajar á su hijo; apilaba con infinitas precauciones, para que no sonasen, las monedas de oro y de plata; uniíormábalas en montones, y quedábase embelesado en su contemplación. Dijérasa que era un general revistando sus tropas Y aquella tropa metálica era la gran enemiga de aquel ambicioso general: un ejército que producía en el espíritu suyo tremendas alucinaciones que acabarían por abreviar su estéril paso por el mundo. En la época de estrechez, Nicolás se asomaba á la ventana y sentía ansias de amores y riquezas al contemplar el parpadeo brillante de los luceros: ahora, al sentirse deslumhrado por los destellos de las monedas, experimentaba escalofríos, pausaba en ladrones y asesinato? si una pieza cala al suelo, el tintineo que producía le asustaba, y quedábase trémulo hasta que la vibración se extinguía, ni más ni menos que el que deja caer el arma homicida antes de sorprender á su víctima.