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EL GATO NEGRO 1 Les padres do Nicolás Valionte siempre anduvi ion á la cuarta iregunta, ó lo quo es lo mismo, á bofetadas con el hambre. A la edad de las grandes ilusiones, Nicolás disfruf) en una ofi ¡ina de ferrocarriles nna paga que la vez primera qne la vio delante de si reunida lo emocionó profundaaientr: quince hermosisimos duros apilado! un bonito cartucho de plataqne amenazaba romper la percalina del boUillo. Con esta suma, que representaba al mes doseientis cuarenta horas de trabajo, xl creíase el pobre mozo tan rico. Al cabo do los años mil, el jefe, queriendo premiar los buenos servicios de nueíi tro hombre, le ascendió de categoría y sueld lo primero era una dulce ironía, 5 poique Valiente continuaba tan ehufatintas como antef; en cuanto á Jo segundo, ganaba cinco duros más. Aquí terminaron las grandeza Con los veinte duros consideribase todo lo feliz que pueda considerarse con cien posLtas un hombre metódico y iilgar, sin familia, cargas ni afecciones de ninguna clase. Ilal itaba Valiente una bohardilla ocn vistas á millares do tejas, que metian en el cuarto un reflojo rojizo al ser duramente bañadas por la luz solar. Por las noehoí encaramábase nuestro hombro al cerco de la ventana, y ala, con los codos apoyados sobre el alféizar y la cabeza entre ambas manrs, pasábase las horas contemplando la superposición de los caballetes de los tejados, los cilindros negruzcos de las chiaienfas, el caprichoso recorte que proyectaban los tejadillos de Jas bohardillas: todo inundado en las noches de luna por la luz del satélite, nunca más melancólica que en aquellas alturas en donde los gatos celebran sus amatorias veladas y asoman tímidamente las narices los desheredados de la fortuna. Mochas veces, sin sabor por qué, Nicolás quedábase ensimismado y como desvanecido al dirigir sus ojos á las negruras de lo infinito: sentíase presa de un anhelo de grandezas extraordinario al contemplar el parpadeó brillante de los luceros- ¡Si yo fuera rico! suspiraba, como si Ja contemplación de los astros despertara en él inusitados afanes. Aún sentía más aquei prdazo de prosa viviente: melancolía. ¡Si yo tuviera una mujer! Encerraba en esta frase toiio el anhelo de una vida miserable sin amores ni cariñon, porque el amor era para él considerado como el más peligroso de Jos (ntretenimientos, y cariño únicamente se lo